"He sido y soy un miembro fiel de la Iglesia. Creo en Dios y en su Cristo, pero no creoen la Iglesia. Rechazo toda equiparación de la Iglesia con Dios, todo infatuado triunfalismo y todo egoísta confesionalismo". Con esta contundencia se expresa el teólogo Hans Küng a punto de cumplir los 83 años (lo hará en marzo próximo). Ayer, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) celebró la festividad de Tomás de Aquino entregándole el título de doctor honoris causa. Era una deuda que tenía la universidad española con uno de los pensadores cristianos más relevantes del último siglo.viernes, 28 de enero de 2011
RELIGION: "Creo en Dios, pero no en la Iglesia", reportaje al teólogo Han Küng. El País, 28 de enero de 2011.
"He sido y soy un miembro fiel de la Iglesia. Creo en Dios y en su Cristo, pero no creoen la Iglesia. Rechazo toda equiparación de la Iglesia con Dios, todo infatuado triunfalismo y todo egoísta confesionalismo". Con esta contundencia se expresa el teólogo Hans Küng a punto de cumplir los 83 años (lo hará en marzo próximo). Ayer, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) celebró la festividad de Tomás de Aquino entregándole el título de doctor honoris causa. Era una deuda que tenía la universidad española con uno de los pensadores cristianos más relevantes del último siglo.POLÍTICA: "Muchos ensayos han resultado mal", por Carlos Larrain Peña. El Mercurio, 26 de enero de 2011.
CULTURA: "La cultura del espectáculo", por Mario Vargas Llosa. Babelia, número 1000. 22 de enero de 2011.

jueves, 25 de noviembre de 2010
CHILE: "El pasado no tiene precio", por Cristián Warnken. El Mercurio, 25 de noviembre de 2010.

Camino por el Parque Forestal, entre los árboles donde se paseaban peripatéticamente los muchachos de la generación del 50, el ágil duende y mago que fue el Chico Molina, Claudio Giaconi, Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, Enrique Lihn y Luis Oyarzún. Hay pocos lugares como este en nuestra ciudad, en los que vivos y muertos cohabiten el mismo espacio mítico y puedan conversar mirándose a la cara. Este barrio existe para recordar que no somos puro presente, que la ciudad es una posta, que los fantasmas de ayer entregan a los fantasmas de hoy, que somos nosotros ahora. Bajo a nuestros hijos de nuestro cómodo ghetto del barrio alto a las calles céntricas, donde uno arriesga el peligro de la aparición de un rostro, de una mirada distinta de la nuestra. Nos detenemos frente a la escultura "Unidos en la gloria y en la muerte", de Rebeca Matte, en el frontis del Museo de Bellas Artes. Comentamos la trágica escena inmortalizada en el metal: Ícaro caído en los brazos de Dédalo, su padre. Lo siento como una metáfora de los peligros de la hybris , la desmesura de un Chile nuevo, legítimamente aspiracional, pero a veces soberbio. Dédalo es el padre republicano, más conservador que el hijo, el que coloca siempre el sentido común y el respeto de los límites para contener al que siente que todo se puede y nada se interpone entre él y el mundo.
Enfilamos por tal vez la calle más bella de nuestro centro: Ismael Valdés Vergara, con sus edificios tocados por la luz, llenos de un espacio y amplitud cada vez más escasos. En esta calle vivió el poeta Julio Barrenechea. Aquí vive Armando Uribe, atrincherado en su soledad irreductible, esperando no la muerte sino la resurrección. Si hay resurrección, tendrá que ser con las araucarias de este parque, con estos árboles y estas estatuas. Con los organilleros y los mimos. Con la fuente donde alguien inscribió estos versos de Darío, tan iluminadores para estos días en que campea la inautenticidad: "Por eso ser sincero es ser potente./ De desnuda que está, brilla la estrella./ El agua dice el alma de la fuente,/ en la voz de cristal que fluye de ella".
De pronto, una imagen apocalíptica nos detiene: un edificio entero de la calle sagrada está en ruinas, como si lo hubiera devastado un terremoto. Las grúas trabajan frenéticamente. No puedo creer lo que veo. Pregunto. Me dicen que alguien compró los departamentos del edificio demolido, se fueron sus antiguos habitantes y se va a construir un hotel. ¿Se puede botar así un pedazo del corazón histórico de la ciudad? ¿Se puede arrancar de cuajo cualquier esquina? Esta esquina nunca volverá a ser la misma, nunca. Siento como si me hubieran arrancado un pedazo de mí mismo. ¿Nadie se opuso? ¿Las autoridades no pensaron que el fantasma de Vicuña Mackenna puede venir a penarles en las noches y a pedirles cuentas, a decirles: "¿Así cuidan mi ciudad mis sucesores, así entregan a la avidez la belleza que nos costó tanto fundar?".
Me imagino el peor de los escenarios: las inmobiliarias apoderándose de todas las calles con valor histórico, departamento por departamento, hasta que los antiguos vecinos dejen el centro y éste se vuelva como el de Los Angeles, en Estados Unidos, un centro fantasmal. Pero poblado no de fantasmas como sí lo están estas cuadras históricas, sino de ausencia. Se me dirá que no hay nada que hacer, que estamos hablando de "propiedad privada". ¿Pero la propiedad privada no tiene límites? ¿Quién protege el espacio común, lo público? Si esta lógica se impone, no quedará nada, y nuestra sociedad será una "sociedad anónima", una sociedad de anónimos sin identidad, sin alma. ¿Quién les pone precio a nuestros queridos fantasmas? ¿Cuánto vale el Chico Molina leyendo versos en la noche? ¿Cuánto vale ese instante preciso en que la luz única de los atardeceres de Santiago ilumina esta calle cargada de leyenda y nos arroba? ¿Cuánto vale, y a quién le importa?
viernes, 5 de noviembre de 2010
CHILE: "Me voy de Chile". El Mercurio, 5 de noviembre de 2010.

Me voy de Chile. Me amparo en el inalienable derecho que me da ese hermoso verso de nuestro Himno Nacional: "El asilo contra la opresión". Me voy del Chile donde la palabra empeñada no vale nada, a pesar de que mi viejo y muchos viejos de la ingenua y antigua república nos enseñaron a sostenerla contra viento y marea, incluso en las peores tempestades. Me voy del Chile donde la lógica de la pasión por el poder está por sobre el amor al bien común. Me voy del Chile donde la expresión "hacer las cosas bien" alguna vez significó algo, pero ahora es sólo una muletilla para sacar del camino a los que de verdad hacen las cosas bien. Me voy del Chile donde su gente, la gente anónima, los hinchas, los militantes de base, los que sostienen con su lealtad y pasión las grandes empresas y los grandes actos y épicas, son sólo un adorno, un dígito, para focus groups o encuestas o elecciones (cuando votan), pero que no valen nada cuando se toman las grandes decisiones.
Me voy del Chile que no soporta la grandeza, el talento, la genialidad, el vuelo propio, todo lo que se eleva sobre la línea media de reverberación del pantano local; el Chile del resentimiento, el que mató arteramente a Portales, el que jodió a Andrés Bello, el que se farreó a Mayne-Nicholls y a Bielsa.
Me voy del Chile de las cúpulas, las alianzas sagradas y abstractas, el lobby , las relaciones públicas, la imagen, la comunicología, las "cosas nostras", el Chile donde campea el "parecer" sobre el "ser".
¿Pero adónde y cómo me voy de este país que amo, donde nací y quiero morir?
¿Qué hacemos los chilenos, los chilenos náufragos de derecha, centro o izquierda, creyentes o agnósticos, liberales o conservadores, los trabajadores o empresarios, los estatistas o libremercadistas; los hinchas de la Católica, la Chile o el Colo Colo, el Audax o Santiago Wanderers, que, transversalmente, por encima de diferencias ideológicas o creencias o camisetas sienten que el hacer las cosas bien significa también hacer el bien y de buena manera, sacrificando los intereses individuales o corporativos por un objetivo superior y más noble que cualquier defensa de mezquinos intereses y pequeñas parcelas?
No hay adónde irse ni asilarse. Pero sí hay que irse del Chile maquiavélico y cada vez más cínico, hay que hacer que ese Chile muera adentro de cada uno de nosotros, para que así pueda nacer o renacer otro Chile mejor que éste que estamos viendo con estupor, decepción y tristeza. Un Chile noble, un Chile con modelos a seguir y no con máscaras, un Chile que sale a la cancha a ganar el único partido que no podemos darnos el lujo de perder por autogoles olímpicos: el partido en que se juegan juntos la calidad, la decencia y la nobleza.
Por eso me voy de Chile y me quedo en Chile. Me quedo donde duele. Me quedo en la galucha, en la pichanga de barrio, en los clubes chicos, en la radio a pilas en que una voz muy potente nos invita a no arriar la bandera ante el enemigo por esta infame derrota. Me autoexilio en la segunda división, en la tercera, en la cuarta, en las profundidades todavía puras de las canchas ninguneadas. Me voy con Bielsa, me voy con Mayne-Nicholls, me voy con ellos para que el Chile de verdad vuelva.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
CHILE: "Virtudes: tristemente ausentes". El Mercurio, 22 de septiembre de 2010.

Durante la esplendorosa revista naval, un oficial de la Armada dijo al aire: "Los marinos siempre hacemos prácticas y entrenamos mucho, para que las cosas salgan perfectas".
La capacidad de cultivar la virtud ciertamente también ha estado presente en notables figuras civiles de nuestra historia. Es lo que se percibe en la biografía "Yo, Montt", dedicada a don Manuel y bien escrita por Cristóbal García-Huidobro. Y al estudiar a Manuel José Yrarrázaval, aparecía lo mismo: si quieres construir un Chile mejor, tienes que partir por mejorarte a ti mismo.
Pero en los análisis del Bicentenario -decenas de columnas, entrevistas, reportajes y encuestas- la gran ausente es la virtud. Se habla de leyes, de instituciones, de valores; pero no es lo mismo. Sin duda, las leyes favorecen o deterioran las instituciones. Y éstas son justamente los ámbitos en que puede desarrollarse la virtud. Pero un contrato no es la lealtad, aunque la posibilite; una agrupación musical no es la paciencia, aunque la facilite. Y, a su vez, los valores parecen más bien elecciones sobre lo cuantitativo y externo, que decisiones sobre lo personal e íntimo.
¿Huevo o gallina? Da igual: no hay instituciones sin virtudes, ni hay vida virtuosa fuera de lo institucional. No habrá Chile sin buenos comportamientos personales; habrá congreso y Presidencia y tribunales y universidades, pero no llegará a plasmarse un gran proyecto nacional si no es por la sumatoria de nuestros buenos hábitos.
En torno al Centenario, Valdés Canje y Encina -después, Huidobro- se quejaron tristemente de nuestra carencia de hábitos buenos. San Alberto Hurtado y Gabriela Mistral se esforzaron también por señalarnos derroteros virtuosos. Pero, a pesar de todo eso, hoy vivimos en el minimalismo ético: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Ciertamente gozan de gran prestigio la justicia, la tolerancia y la solidaridad. Bien por ellas, porque podrían servir de pivotes para recuperar otros comportamientos que son desconocidos o despreciados.
Porque el empresario que paga salarios justos, pero que no es leal, ni transparente, ni puntual, deteriora su ambiente laboral; y la empleada que acepta tolerantemente las más variadas opiniones, pero que es infiel en su matrimonio o dilapidadora en sus gastos, daña a sus más cercanos; y el alumno universitario que construye mucho, si se destruye a sí mismo en la ingesta alcohólica desenfrenada o en la práctica sexual desordenada, fractura su compromiso y lo terminará abandonando.
Más de 12 millones de chilenos tenemos capacidad libre de ser virtuosos. O sea, cada día se realizan en el país cientos de millones de actos que expresan el bien o el mal. No se busque otra realidad más evidente, numerosa y decisiva: no la hay.
Pero los liberales nos dicen que la autonomía personal es lo único que cuenta. Algo así como: "Todo lo que hagas sin que afecte a otros, vale por sí mismo, como expresión de tu soberanía". Ese supuesto no existe. Todo acto personal afecta a los demás: a los más próximos, a un segundo círculo y, finalmente, a Chile entero.
Un pensamiento, por solitario que sea, tendrá consecuencias perceptibles a corto plazo. ¿Tienes rencor? Se notará poco después en tu modo de tratar. ¿Estás con lata? Se apreciará sin duda en tus próximas acciones. ¿Anidas egoísmo? Ciertamente no participarás sino en lo que te produzca placer.
La virtud se enseña, se forma. Tampoco cabe duda alguna de que en esa dimensión hay en Chile una grave desigualdad en los ingresos, porque muchos son injustamente privados de esa imprescindible alimentación. Es grave, porque ahí se juegan los próximos 100 años.
martes, 24 de agosto de 2010
CHILE: "Universidades al servicio del país", por Gaston Soublette. Carta a "El Mercurio", 24 de agosto de 2010.

Refiérome a la carta de la ex ministra de Educación señora Mónica Jiménez publicada en su edición del 20 de agosto.
Entiendo lo que se quiere decir c
on eso del "servicio al país"; lo que echo de menos es una concepción más formativa de la educación y menos instrumentalizada del individuo. Dado lo que el mundo ha llegado a ser en esta era financiera y tecnológica, no siempre eso que llamamos "servicio al país" resulta ser un real servicio al hombre. Porque lo que llamamos país es, de hecho, un sistema, y servirlo no s
upone
necesariamente que con eso los individuos que integran la nación reciban de la educación lo que realmente necesitan para ser hombres cabales y vivir dignamente. Desigualdades vergonzosas, inconsciencia, confusión y crisis moral son hechos reales que ponen el dedo en la llaga.
En la educación debe haber una instancia previa que concierne al hombre en sí mismo, base del desarrollo psíquico individual, orientada hacia la virtud, el conocimiento, el dominio y el don de sí mismo. Sin esa base, no hay garantía de que un hombre, por ser un profesional de alto nivel, sea un ciudadano éticamente confiable capaz de servir a la comunidad como es debido.
En la atmósfera materialista que respiramos todos (cual más, cual menos) puede pensarse que este problema es irrelevante ante los desafíos científicos y tecnológicos actuales. Al respecto, el ejemplo del hombre más inteligente del siglo XX, Albert Einstein, es elocuente. Él planteó las bases teóricas para la fabricación de armas de destrucción masiva y recomendó al gobierno de EE.UU. usarlas contra Alemania y Japón. Después de la tragedia de Hiroshima, Einstein hizo un mea culpa dramático, y declaró al mundo que él no era un sabio, sino que el verdadero sabio era el Mahatma Gandhi, porque él sí conocía a los hombres...
Eso es lo que puede ocurrir cuando progresamos científica y tecnológicamente pero sin sabiduría, vale decir, que terminemos olvidando qué es el hombre. Servir al país, debiendo ser lo mismo que servir a los hombres, por desgracia, y en buena medida, suele no serlo. Por eso deviene una frase cliché que oculta al país real que tenemos.