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jueves, 30 de enero de 2014

LITERATURA: "Perlas para ostras", por Cristián Warnken. El Mercurio, 30 de enero de 2014.


Ha muerto José Emilio Pacheco, gran poeta mexicano, que probablemente no conozcas ni hayas leído nunca.

Una vez escuché decir a alguien que los poetas, cuando mueren, se convierten en estrellas. Sus poemas siguen brillando más allá de su desaparición y pueden iluminarnos en la noche. Hay estrellas que brillan y nos emocionan, aunque no sepamos siquiera su nombre. Estoy seguro de que los grandes poemas, o sinfonías, o pinturas, son la gran reserva espiritual del planeta. Tan importantes como las reservas de agua o los bosques.

Porque -como dijo Teillier- "la poesía es un respirar en paz para que los demás respiren". El mundo, con su incesante ajetreo sin sentido, nos puede asfixiar, y entonces la belleza de una obra de arte nos salva, con su oxígeno invisible. Los poemas son lámparas y banderas en la niebla. Como dijera el propio Pacheco en su poema "Las ostras", pasamos por el mundo sin darnos cuenta, sin verlo. Somos ostras cerradas. Como si un velo se interpusiera entre nosotros y el milagro del mundo, un velo que también se puede interponer entre nosotros y nuestro ser más íntimo. Darse cuenta es habitar el presente, lo único real que nos es dado y que nuestra mente agitada (y a veces alienada) se encarga de quitarnos. La mente nos quiere distraer, entretener, expulsar de la presencia del mundo. Pero ahí están los poetas -que sacan la voz desde el corazón y no desde la mente- para devolvernos al verdadero momento, para limpiar nuestros ojos, nuestros sentidos, tan embotados y ciegos. Si no conoces a José Emilio Pacheco, es porque eres una ostra, en un mundo de ostras donde la poesía de la vida ha sido olvidada, un mundo de ostras que "quieren gozar la vida sin enterarse, pasarla bien como las ostras, antes de que las guarden en un sepulcro de hielo". José Emilio Pacheco prefirió ser estrella a ostra y por eso ahora sus poemas brillan en el cielo, adonde levantan su vista los que no quieren ser esclavos de los entretenimientos de las pequeñas pantallas que hoy tienen secuestradas nuestras miradas. Hay que asomarse al mundo de vez en cuando y preguntar por el nombre de un árbol o de un río. Preguntar por las nubes, interesarse por su frágil destino. Pero -como dice Pacheco en su poema- "no sabemos los nombres de las flores/ ignoramos los puntos cardinales (...) por esa misma razón nos reímos del arte/ que no es a fin de cuentas sino atención enfocada". Atención enfocada, sí, porque no es el artista el que anda distraído; somos nosotros, las ostras cerradas al mundo, las que andamos en cualquier parte, menos aquí y ahora.

Tuve la suerte de conocer a José Emilio Pacheco y entrevistarlo dos veces, en 1999 y en 2004. Las dos veces me quitó el libro de sus poesías que le pasé para que me hiciera una dedicatoria, y corrigió unos poemas de su puño y letra. Era un corrector obsesivo, como si en esas correcciones se jugara algo fundamental. Para poetas como Pacheco, todo se juega en una palabra, en un adjetivo, incluso en un punto o coma, inflexiones de la respiración y la escritura. Ese rigor me conmueve, más en estos días, en un mundo "al que le interesan cada vez más los poetas, / la poesía cada vez menos". Porque el "poeta dejó de ser la voz de la tribu/ se ha vuelto nada más otro entertainer / sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,/ sus pleitos con los demás payasos del circo/ tienen asegurado un amplio público/ a quien ya no hace falta leer poemas".

Pacheco no fue un entertainer ni un payaso, no cayó en la trampa del ego en la que tropiezan hoy hasta los más grandes artistas. Se concentró en lo que hay que concentrarse: en corregir sus bellísimos poemas para que fueran tan perfectos como una flor o una estrella. Y ahí están, esperándonos, con la paciencia y la soledad con que nos esperan los poemas, el día que decidamos dejar de ser ostras y salgamos a buscar las perlas que están ahí afuera (y aquí adentro) y que los poemas de los grandes, como Pacheco, protegen de los piratas y de los mercaderes de la feria.

jueves, 17 de enero de 2013

CULTURA: Christian Warnken, "La gran fiesta". El Mercurio, 17 de enero de 2013.

Una amiga que acaba de regresar a Chile después de varios años de ausencia me comenta que le sorprende encontrar a un país monotemático y loco por la plata, en el que los hombres hablan sólo de marcas de auto y restaurantes de última moda, todos carísimos, y las mujeres de las tarifas de las diseñadoras de jardín o interiores. A veces aparece en la conversación de estas últimas la referencia a algún gurú que ofrece retiros en sofisticados resorts del espíritu. Eso es lo más profundo y variado que se puede esperar de esas tertulias. "Se ha perdido la sencillez, que hacía tan grato a este país", me comenta. Me cuenta -por ejemplo- que a su hija pequeña y a sus compañeras las invitaron a una fiesta donde las esperaba una limousine con chofer para luego llevarlas a una peluquería en la que las maquillaron para una fiesta de disfraces. En la casa -o palacio- nunca vio a la mamá y sólo se relacionó con empleadas domésticas que las atendían "como reinas". Había un frigobar, televisores y Wii en cada pieza disponibles para las "niñitas". Una verdadera escena de una película de Buñuel... Me pregunta: "¿Qué les pasó a los chilenos?"
Me cuesta responderle, lo único que puedo aconsejarle es que amplíe su círculo de conocidos y no se limite a relacionarse con los nuevos ricos que conforman el nuevo mercado objetivo de una emergente industria del lujo. Que arranque de ese patético mal gusto, de esa frivolidad de capitanía. Porque en eso está una parte de la élite: queriendo ser el virreinato que nunca fuimos, tirando la casa por la ventana. ¿Pero se encontrará con un país distinto si desciende en la escala social? Empiezo a dudarlo. Porque no sólo los nuevos ricos y los ricos que renegaron de la austeridad de sus antepasados han enloquecido con el "becerro de oro": los chilenos de todas las clases sociales hacen fila para comprar, comprar y comprar. Los chilenos van a misa, son aparentemente muy devotos (como pocos en el mundo) y después se pasan el día entero en los malls . En realidad ahí está su nueva devoción y esos son los verdaderos templos de hoy, y la única fe sólida que queda es la fe en el consumo... Algunos, a la hora del bajativo, tal vez resentidos por no poder tener todo lo que tienen los otros, a los que envidian y en el fondo admiran, critican el "modelo" porque está de moda hacerlo, pero en realidad ellos son los que lo alimentan con su deseo compulsivo de consumir. Con sus flamantes tarjetas de crédito brillándoles en las manos, se lanzan detrás de los "sail" (así se les llama ahora a las liquidaciones), copiando a esas hordas de consumidores norteamericanos que levantan carpas en las afueras de las multitiendas para ser los primeros en hacerse de los productos prometidos y vociferados. Devorados por la ansiedad de ser lo que no son, son ellos los que agotan los ansiolíticos en las farmacias. Los más ricos, los que se compran helicópteros de último diseño para sobrevolar la ciudad como jeques de un emirato austral, están un paso más adelante de la mera ansiedad: a ellos los asalta a ciertas horas de la tarde ese letal enemigo interior que es el aburrimiento. Ese que viene aparejado con la angustia existencial. Y ahí no bastan los psicofármacos para calmar esa angustia, que tiene que ver con la falta de sentido. Cuando se tiene todo, ¿cómo llenar el vacío que viene como consecuencia de la saciedad que limita con la náusea? Los economistas, claro, celebran esta fiesta, este aquelarre, esta fiebre del oro. Porque en eso estamos, en verdad, parados arriba del carroussel del alto precio del cobre. Pero cuando la fiesta se acabe, ¿qué quedará? No nos vaya a pasar lo de la hormiga de la fábula, que llegue el invierno y no tengamos nada de valor, de verdadero valor en nuestras reservas.
Le digo a mi amiga que habrá que esperar ese momento para saber cuál es el Chile de verdad, lo que queda cuando los invitados se han ido y de la gran euforia sólo permanezca la chaya desparramada en el piso.

jueves, 30 de agosto de 2012

CULTURA: "Decadencia", por Cristián Warnken. El Mercurio, 30 de agosto, 2012.


El país necesita aire nuevo, ideas, líderes, visionarios a quienes admirar. El panorama no puede ser más sorprendente: un país con buenas cifras macroeconómicas, pero sin una política (en el sentido más noble y esencial del término) a la altura de los desafíos. Los economistas más reductivistas, a estas alturas, tendrán que ser humildes y reconocer hidalgamente que no basta con tener buenas cifras para que un país sea viable. Lo mejor de Chile, de su historia, lo que nos da identidad y todavía nos provoca orgullo no nació porque alguien pensó desde una calculadora o un focus group lo que había que hacer. Ningún país se construye sólo desde el pensar calculante ni la pura gestión.

La invención de Chile nace de un espíritu, un impulso genuino, una verdad. Ahí están Andrés Bello, Vicuña Mackenna, Alonso Ovalle, Diego Portales, Lastarria, los hermanos Amunátegui y tantos otros. ¿Qué tienen en común esos fundadores?: el amor que nace del conocimiento de lo propio, y el conocimiento que se sostiene sobre el amor a lo propio. No hay otra fórmula para fundar. Quien crea que para conducir un país sólo basta con consultar los oráculos de las encuestas y mantener a raya la inflación o empinarse sobre ciertos dígitos en crecimiento económico, está profundamente equivocado. Por eso, la peor de las decadencias es la decadencia de las convicciones, de la virtud (y especialmente la virtud republicana), de la coherencia. Y en todos esos dominios sí que podemos hablar de un sostenido y sistemático proceso de decadencia en curso. Ni la convicción ni la virtud ni la coherencia se pueden medir con indicadores matemáticos. Tampoco se pueden adquirir de la noche a la mañana: las convicciones no se improvisan, no se venden ni se compran.

Hace unos días, en un evento al que asistían altas autoridades y empresarios, escuché a alguien decir de pasada: "Es que todos tenemos nuestro precio". ¡Qué frase tan reveladora! La idea de que todos tenemos un precio se ha instalado en nuestro sentido común. Ésa es la música que han venido escuchando desde la cuna las nuevas generaciones en estos años. ¿Cómo quejarnos después de que la desconfianza y la sospecha cundan entre ellos o, lo que es aún peor, el cinismo? Eso sí que a la larga nos va a llevar a la ruina. Y la ruina moral, antesala de la ruina política, puede ser mucho más grave que la ruina económica de un país. Un país puede levantarse de esta última o de una catástrofe natural, si una energía colectiva que nace de visiones y anhelos compartidos despliega lo mejor de cada individuo. Pero de una ruina moral sí que no se "sale" fácil.

Sí, es verdad, las cifras macroeconómicas parecen indicar que Chile está mejor que nunca. Pero el que miles de jóvenes salieran una vez más a las calles, el que sientan que un abismo los separa de la clase dirigente, sumado a la ausencia de liderazgos y la falta de un proyecto consistente y visionario para el Chile de las próximas décadas, no parecen augurar nada bueno en el horizonte.

¿Qué hacer? ¿Sólo basta seguir creciendo? ¿Y hacia adónde? El Muro de Berlín no se cayó sólo por razones económicas o políticas. Se cayó porque la podredumbre interior minó las bases que sostenían sus frágiles ladrillos. Hay que mirar la calidad de las fundaciones sobre las que están parados los países.

Tal vez necesitamos una refundación desde el espíritu y desde las ideas. La primera tarea de los días que vienen es una revolución moral (no moralista) de la política. Gestos y declaraciones que nazcan de una verdad y no de un cálculo. Proyectos y líderes auténticos (no fabricados desde el marketing o desde la inercia de los acontecimientos), que movilicen a nuestros jóvenes con todo su ímpetu y fe detrás de ideas y acciones coherentes con esas ideas. Porque la decadencia comienza cuando ya no hay nadie a quien admirar.


sábado, 11 de agosto de 2012

CULTURA: "¡Qué espectáculo!", por Cristián Warnken. El Mercurio, 2 de agosto de 2012.


En mi casa casi nunca nos reunimos en familia a ver televisión juntos. Porque ya no hay prácticamente nada que merezca ser visto en la "caja chica" y porque nuestra sala de juegos es una multisala de espectáculos que genera mejores contenidos que los que ofrece la industria televisiva. Es frecuente tropezarse en los pasillos, o en pleno living, con un caballero medieval, un dragón y una princesa: por eso las niñas son recibidas con tanta algarabía, porque siempre les falta a mis cuatro hijos hombres ese vital personaje para completar sus improvisadas historias de aventuras. También se dibuja mucho: Mateo Matta (así lo llamamos) tiene cinco años y no para de llenar hojas y hojas con monstruos, héroes y animales que danzan en una interminable fiesta de colores y trazos. Alonso, de 10, es el guionista y talentoso actor principal de breves películas que grabamos en mi cámara y que todos piden ver una y otra vez. Porque no hay nada más excitante que ser uno su propio Hollywood. Cristóbal, de tres, es el bailarín del grupo; ofrece sus coreografías cuando alguien pone música y puede bailar desde Mozart hasta un estridente reggaeton. Los niños nacen danzando, son puro éxtasis; después los pasmamos. Ah, y se me olvidaba Samuel, de un año y un poco más. Él es el campeón de lucha libre, porque en una casa de hombres no pueden faltar los "Titanes del ring".
Como verán, con ese carnaval permanente la televisión sobra, y todavía los iPhone, iPad y todos los " i " no nos han "levantado" a nuestros eximios actores, pintores y bailarines para llevárselos lejos de aquí. Ya llegará ese día, por ahora disfruto la cartelera diaria que nos autoofrecemos todos los días, esta ópera espontánea y gratis, y en vivo y directo. Mientras dure. Yo y mis niños fuimos formados en la gran escuela de Themo Lobos, que nos enseñó que la vida es una aventura abierta y no un guión del cual somos sólo los extras. Una aventura de la que somos protagonistas, como el niño Mampato, que desde su hogar de clase media chilena viajó a través del tiempo y el espacio.
Por eso fue raro ver hace unos días a mi troupe, a todos los miembros de mi circo familiar sentados, silenciosos, embobados frente a la pantalla de televisión, como nunca antes. Se inauguraban los Juegos Olímpicos en Londres, y el espectáculo por primera vez estaba afuera, lejos de aquí, y no en casa. No era un reality show , ni un programa de farándula, ni un concurso de talentos. Era una fiesta desencadenada por una cita del poeta Willian Blake, una escena de una obra de Shakespeare, un verso de Milton, un desfile carnavalesco de personajes de la inmortal literatura, cine y música ingleses. Hasta la Reina actuaba. La gran literatura y el teatro estaban entrelazados con los íconos de la cultura pop en un prodigioso montaje, en un ritual multimediático en que el espíritu deportivo y el poético se tocaban, como en la antigua Grecia. Ahí estaba el milagro: un espectáculo de la más alta excelencia y finura congregaba a millones en torno a todo aquello que nuestros expertos en televisión dicen que la "masa" no quiere ver. ¿O no era ese un espectáculo en el sentido más genuino y noble del término? ¿Qué es lo que hace que un país desarrollado, moderno como Inglaterra apueste por lo más excelso de su historia cultural -partiendo por sus poetas- y nos lo ofrezca con orgullo y alegría? ¿No fue acaso esa transmisión un mentís a los que dicen que la televisión ya no debe ser educativa? Si nos gusta tanto copiar lo de afuera, ¿por qué copiamos sólo la chatarra y las alcantarillas, y no la poesía, la verdad y la belleza? ¿Qué espectáculo estamos dando de nosotros mismos? Cuando se acaben las Olimpíadas se apagará otra vez la televisión en mi casa, porque mis guionistas, actores, músicos y bailarines tienen mucho trabajo que hacer si queremos algún día ser sede de un Juego Olímpico o algo que se le parezca.

CULTURA: "Crisis de sentido", por Gastón Soublette. Carta a El Mercurio, 2 de agosto de 2012.


Recientemente en un reportaje al último libro del historiador inglés Niall Ferguson (Artes y Letras, 15 de julio), se formuló la consabida pregunta de cómo será el mundo en el año 2050, a la que es de costumbre responder en términos de macroeconomía: EE.UU. dejará de ser la primera potencia cediendo su lugar a China e India.
A estas alturas de la historia ese tipo de respuesta deja de evidencia una superficialidad abismante y un gran vacío. Ese vacío no es otro, sino el hombre mismo. La pregunta es sobre el destino de la humanidad, pero la respuesta carece de contenido humano... El hombre como accesorio del entramado monetario mundial.
La pregunta correcta es: ¿Cómo serán los hombres en 2050 si ya en 2012 son como es de público conocimiento? Formulada así, el intento de responderla se vuelve problemático e inquietante a juzgar por lo que se ve a diario. Entonces, para ver el mundo real en que vivimos urge desechar el criterio mercantilista de los que nada saben sobre el hombre y prevén el futuro de la humanidad solo con la lógica de los negocios.
Por eso resulta significativa la aparición simultánea de dos testimonios personales contrastantes en su edición del 21 de julio. Uno de César Pelli, diseñador de la torre del Costanera Center, y otro de Cristián Warnken. Pelli, un hombre identificado con este modelo de civilización financiero-tecnológica, sin más motivaciones que el imperativo fáctico de realizar su proyecto "contra el cielo" como él lo ha dicho, sin plantearse la pregunta por el sentido.
Warnken, un pensador que se da cuenta de que allá afuera nada está ocurriendo que contribuya a que los hombres sean humanamente mejores, sino al contrario, mientras más "adelantado" se muestra el mundo de los poderosos, más alejados de nuestro centro espiritual y alienados nos hallamos. Por eso nuestra esperanza se afirma en el hecho de que cada día que pasa son más numerosos los que despiertan como Cristián Warnken y se sitúan en su centro interior para no perder su identidad humana en la masa inconsciente, y sacar lo mejor de sí mismos.
César Pelli declara que su torre es la más alta de Latinoamérica y que por eso deberíamos estar orgullosos ¿Por eso...? Más orgulloso estoy yo de haber podido darme cuenta de que nada hay ahí para enorgullecerme.

viernes, 20 de julio de 2012

CULTURA: "Cuento chino", por Cristián Warnken. Columna del 19 de julio, 2012.


En 1929, Rainer Maria Rilke dijo: "Para nuestros abuelos, una torre familiar, una morada, una fuente, hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan, llegadas de EE.UU., cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida... Una morada en la acepción americana, una manzana americana, o una viña americana, nada tienen de común con la morada, el fruto, el racimo en los cuales había penetrado la esperanza y la meditación de nuestros abuelos... Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas".
En este 2012, sólo me cabe citarla íntegramente, porque es de una actualidad pasmosa. El texto sólo admite una actualización: en vez de "esas cosas que se precipitan llegadas de EE.UU.", habría que decir hoy "esas cosas que nos inundan desde China". Porque desde allí nos están llegando hoy las cosas, desde fábricas donde la alienación y explotación descritas por Marx en el siglo XIX han sido ampliamente superadas por las prácticas de un hipercapitalismo trepidante administrado, además, por un Partido Comunista cuya fuente teórica es ¡el mismo Marx!
Y ahí estamos: aprendiendo chino u ofreciendo cursos de español para chinos, haciendo negocios en China (aunque en realidad son siempre los chinos los que hacen negocios con nosotros), creyendo que les vendemos nuestro cobre cuando en realidad ellos son los que nos compran el cobre. En el horizonte se avizora la primera conquista y colonización a nivel mundial que se hará sin sangre, sólo con paciencia, un saber estratégico y táctico refinado acumulado por milenios y mano de obra muy barata.
Cuando eso suceda nuestros hijos ya habrán olvidado el sabor de un pan cocido en un horno de barro, o el de los tomates cosechados en la mata, y el sonido de los trenes que parten bajo la lluvia. Ésas serán sólo imágenes de poetas nostálgicos y despreciados, tan despreciados como lo fueron en su tiempo algunos magníficos poetas chinos expulsados de la corte por emperadores implacables.
Mientras tanto, el país de norte a sur se llena de malls, ¡nuestro único aporte arquitectónico "original" de estas décadas! Cuando en miles de años más los arqueólogos del futuro excaven entre nuestras ruinas, se devanarán los sesos para resolver este enigma: ¿por qué estos chilenos construyeron tantos de estos templos copiados de Norteamérica, y cuál era su dios al que veneraban con tanta devoción al interior de ellos? ¿O era acaso un dios chino? ¿Cómo un pueblo cuyos antepasados fueron los resistentes mapuches abdicó así de su identidad e historia?
Nos arremolinamos, como multitudes desesperadas, a las puertas de los templos del "sagrado consumo", buscando las cosas desechables y sin identidad ni origen, venidas de una misma y única hiperfábrica mundial. Vagamos entre vitrinas abarrotadas de vacío, creyendo que poseemos algo, pero en realidad al final del día no nos quedamos con nada propio, sólo con una inmensa deuda y el olvido absoluto del ser.
Trato de ser fiel a algunos objetos, como lo era mi padre: a mi abrigo, a mis zapatos, a una vieja lámpara de escritorio heredada. Todas esas cosas me dicen algo, me comunican con mis antepasados que se fueron. Pero las cosas que compro y uso me son cada vez más infieles, más ingratas, más ajenas.
¿Por qué, entonces, estamos tan felices con estas "apariencias de cosas", con esas "trampas de vida", como las llamaba Rilke? ¿Por qué compramos y compramos con tanta desesperación como si se fuera a acabar el mundo? Tal vez porque el mundo ya se acabó, nuestro mundo se acabó, y nosotros somos sólo los fantasmas que deambulan en un cementerio de cosas que nacieron muertas.

domingo, 27 de mayo de 2012

CULTURA: "Patrimonio intangible", por Alejandra Valdés. El Mercurio, 27 de mayo de 2012.


"Los hombres pasan, los recuerdos quedan, pero las obras y las formas en que los hombres hacen las cosas permanecen y perpetúan sus recuerdos".
Esta frase de despedida, escuchada en el entierro de un amigo, hacía claramente referencia al patrimonio físico y espiritual que dejaba en herencia a sus descendientes. Hombre de principios y de obras, aportaba al futuro de su familia un ejemplo valioso de vida y una sólida posición sobre la cual seguir incrementando su legado.
Sin embargo, pensé, qué precaria es la relación que se establece entre las obras, los hombres y su recuerdo; qué pocos ejemplos buenos perduran como para volverse tradición y qué poca relación se establece entre el legado y los hombres que lo construyeron.
Pensé, entonces, efectivamente los hombres y las civilizaciones pasan, los recuerdos se olvidan pronto y las obras, sus formas de hacerlas y el cómo se llegó a éstas, pierde rápido la relación con sus creadores cuando no quedan herederos capaces de transformar esa herencia en un patrimonio perdurable, cuando nadie se ocupa de conservarlas y transmitirlas como un legado que contribuya a alimentar los espíritus y nos ayude a ser mejores.
La herencia pierde entonces ese sentido de patrimonio inmaterial "que no es sólo sede de la cultura de ayer, sino laboratorio donde se inventa el mañana", citando a Koichiro Matsuura, quien fue director de la Unesco.
Afortunadamente, Chile ha tomado conciencia de legado y patrimonio; ha entendido la importancia como nación de conservar las obras y mantener el recuerdo de los hombres que las construyeron.
El Día Nacional del Patrimonio da fe de ello. La propuesta de crear un Ministerio de Cultura y Patrimonio, también.
Queda ahora nuestra participación. Todo aquello que podamos hacer, individualmente o en conjunto, por mantener y acrecentar el patrimonio inmaterial y trabajar por la educación de las generaciones venideras. Por impulsar instancias que promuevan cambios en torno a nuestras raíces y a nuestras tradiciones, que enriquezcan la formación integral de los alumnos, que amplíen sus competencias personales y les permitan enfrentar con creatividad y conocimientos los desafíos del siglo XXI.

jueves, 3 de mayo de 2012

CULTURA: "Parábola sobre los pollos". Carta a "El Mercurio", por Pbro. Horacio Larraín Aspillaga.


Esta mañana fría de sábado estaba preparando una antigua estufa de parafina para hacer frente a los amaneceres ya más frescos, más invernales de estos días de fines de abril aquí donde resido, una pequeña parcela del secano costero en el área metropolitana, a unos 10 kilómetros al sur de la comuna de San Pedro de Melipilla. De pronto oí uno de los "timbres", era mi perro "Kayser" que cuida el frente de la entrada de mi casa, me avisaba que venía alguien. Se trataba de un vecino y amigo, me traía de regalo dos pollos blancos vivos. Estaban en el pick up de la camioneta. Son pollos de criadero, muy blancos y muy parecidos entre sí. Al verlos me di cuenta de que ni siquiera venían amarrados, hice la observación, y mi amigo me dijo: "si no se mueven". Al entregármelos inmediatamente advertí lo pesados que son. Al tomarlos y afirmarlos sobre mi pecho piaban como un pollito pequeño, eran sin embargo grandes, muy gordos, con poco plumaje, observé sus pies, estaban intactos como si nunca hubieran tocado el suelo.
Estoy viviendo hace más de un año en este lugar muy hermoso llamado Cabimbao, que los lugareños dicen que significa "tierra de espinos" en mapudungún. Desde mi residencia, una vivienda que era de un antiguo campesino del lugar, salgo en ayuda de dos hermanos míos. Soy sacerdote y procuro aliviar en algo el pesado y heroico trabajo de mis vecinos párrocos. Mi situación de vida me ha llevado a procurar ser autovalente, es por ello que tengo un pequeño gallinero (que me provee de huevos), dos perros guardianes (uno en el patio anterior, "Kayser", y el otro en el patio posterior, "Kovacs", porque lo recogí en calle Seminario cerca de la automotriz con dicho nombre). Ambos canes son mis alarmas, no tengo luces sensibles, ni rejas. Además son parte de la parcela una yegua, "Dionisia", y una gata, "Rita", la cual aleja a los roedores y cuida de las gallinas cuando se sueltan.
En el anterior contexto recibo de regalo estos dos pollos de criadero. Luego les pondré nombre, tendré que ver cómo diferenciarlos, porque en realidad son idénticos. He escuchado que tendrán unos 40 días de edad, estaban listos para el matadero. Los pobres apenas se sostienen sobre sus patas, están como atrofiados, al echarlos al gallinero inmediatamente buscaron el sol del corral adjunto. Una de mis gallinas que cría una pollita es la que más ha atacado a estas visitas. Dicha pollita nació en enero es esbelta, ágil, rápida, tiene tres meses cumplidos nunca le ha faltado el alimento y los minerales y vegetales que ella misma se procura en la pradera, debe pesar un tercio o un cuarto, y mide la mitad con respecto a los pollos allegados. Una o dos veces he tenido que alejar a mis tres gallinas y al gallo de los pollos, tienden a atacarlos, empezando por comerles las plumas. Los pobres pollos no se pueden defender, apenas se mantienen en pie. Su peso les permite desplazarse con dificultad un par de metros y caen quedando echados e indefensos. Cuando me acerco al gallinero los blancos pollos se me acercan, como buscando mi protección, por el cobijo que les he brindado.
Observando a estos blancos pollos, tan gordos, tan inmóviles, tan idénticos... no he podido dejar de sentir que nosotros, los seres humanos de este vertiginoso siglo XXI, tenemos algunas características análogas a estas pobres aves. Se ve en nuestros rostros que poco disfrutamos del sol, cada vez vamos tomando características más urbanas que rurales. Incluso los habitantes del campo tienden a refugiarse en sus casas, con el televisor o con el computador. Poco nos desplazamos por nuestros propios pies, con la mayor frecuencia usamos el vehículo para movernos de un lugar a otro. ¿Acabaremos echados sobre nuestros escritorios sin poder movernos mucho, incapaces de alimentarnos de los frutos de la naturaleza? ¿Seremos víctimas del sedentarismo y nos convertiremos en victimarios de la naturaleza y de sus criaturas, denostándolas hasta una obvia desnaturalización? Somos nosotros los que hemos llegado a "producir" estos pobres pollos blancos, ese es nuestro producto: rápido, eficiente, competitivo. Sin embargo, no siempre advertimos que nosotros mismos nos vamos convirtiendo en infelices, como estos desgraciados "blancos pollos".

viernes, 16 de marzo de 2012

CULTURA: "Los gigantes egoístas", por Cristián Warnken. El Mercurio, 16 de marzo de 2012.

La aberración del mall de Castro, la desmesura de la torre del mall Costanera Center, el mall Barón en el borde costero de Valparaíso, la presuntuosa y disruptiva casa central de una universidad privada frente a la tradicional y arquitectónicamente noble Facultad de Derecho de la U. de Chile, son sólo expresión más visible de un deterioro profundo y talvez menos evidente, pero más medular que una pura "antología nacional de la infamia urbanística".
¿Por qué lo que atenta contra el espacio público y el bien común, lo que puede deteriorar la calidad de vida de los otros logra imponerse con tanta facilidad e impunidad? ¿Y qué es lo público sino lo común, el espacio donde somos con otros?
Hoy nadie se hace responsable de nada. Somos como los mezquinos y patéticos habitantes de los pequeños planetas de "El Principito", concentrados en barrer y limpiar su metro cuadrado.
El empresario que "sueña" una torre o un mall de manera narcisista y egoísta, el arquitecto que proyecta la obra sabiendo en el fondo de su alma que se trata de un horror, los alcaldes que hacen vista gorda de los efectos de estas "intervenciones", el funcionario que firma el permiso de construcción respectivo, el ministro que reacciona tarde, el parlamentario que no fiscaliza a tiempo, cada uno de ellos, en su esfera de acción propia, es responsable de sus actos y omisiones. No es cierto que porque la legislación lo permita, yo pueda desde destruir un entorno patrimonial hasta producir un colapso vial que arruinará la calidad de vida de miles de mis compatriotas, y sentir que lo que hago no es éticamente reprobable porque está legalmente permitido.
Quien culpa al otro, quien delega su propia responsabilidad, quien se "opera" de su propia culpa, quien desplaza, endosa, se encubre en "vacíos legales" es quien ha renunciado a ser sí mismo, a ser hombre cabal, corresponsable del mundo que nos toca vivir y construir día a día. En Chile campea hoy el "síndrome de Pilatos": todos se lavan las manos, nadie siente que su responsabilidad individual sea gravitante en el curso de los acontecimientos. ¿Hay acaso una frase más tristemente nuestra que ésta: "Si no lo hago yo, igual lo va a hacer otro"?
Extraña paradoja la de una sociedad "individualista", que promueve el emprendimiento y dice tener fe en el poder de cada individuo. Somos individuos libres y cabales cuando se trata de iniciar un negocio o de acceder al poder; dejamos de serlo cuando lo que está en juego es el espacio público, nuestra convivencia con los otros. Y en toda sociedad en que se debilita la responsabilidad individual, ética, se abre el espacio para la corrupción, la mentira, la mediocridad, la decadencia espiritual y política. Andrei Tarkovski, profeta del cine ruso, en su libro "Esculpir en el tiempo", alerta sobre el debilitamiento de la responsabilidad individual en Occidente: "Para mí, la única tarea verdaderamente importante consiste en reinstaurar la responsabilidad del hombre con su propio destino (...). El sufrir con la propia alma provoca la responsabilidad y la conciencia de la propia culpabilidad. Entonces ya no se justificará con cualquier excusa la propia desidia y los descuidos, ya no se dirá que uno no es responsable de lo que suceda en el mundo".
Si hay cada vez más empresarios que sólo se miran al espejo todos los días y no ven el rostro de los otros a través de los vidrios polarizados de sus torres inteligentes y babélicas (como el gigante egoísta de O. Wilde), si abundan los arquitectos que olvidaron toda lealtad con su arte y la "polis", si tú -lector- y yo no creemos que se pueda dar testimonio allí donde nos toque actuar, entonces el cinismo y la cobardía devastarán el país más que los terremotos, los incendios y las inundaciones. Y reconstruir desde esa ruina moral sí que será una tarea ardua y talvez imposible.

viernes, 10 de febrero de 2012

CULTURA: "Daños en el patrimonio", por Antonino Pirozzi. El Mercurio, 9 de febrero de 2012.

Los daños en los monumentos nacionales, como los incendios en los edificios del área patrimonial de Valparaíso, el abandono de otros tantos en todo el país, el rayado y la expoliación de nuestros monumentos públicos no se controlan con más vigilancia policial, como propone el señor García. Se trata de un complejo problema de convivencia y de inclusión. Convivencia con bienes, objetos y formas que representan ciertos valores para la mayoría de los integrantes de la comunidad nacional. Falta de inclusión en la mayoría consciente de su importancia y significado. Por su calidad de bienes cargados de valor, a la mayoría nos importan, o nos debieran importar, y nos preocupamos de su conservación, protección y, cuando es necesario, de su restauración.
Pero, ¿qué pasa cuando miembros de la comunidad no reconocen en estos bienes ningún valor? En estos casos se genera un conflicto, un fenómeno de indiferencia, cuando no de rechazo y de hostilidad hacia esos bienes. Y es que para ellos estos no son ningún "bien", no hacen bien para nada, por lo tanto se pueden rayar, despojar, destruir, demoler, incendiar, o sea se puede prescindir de ellos. ¿Se podría corregir este fenómeno con más vigilancia policial, denuncias y multas? No hay casos en el mundo que así lo hayan demostrado.
No se puede hacer respetar a la gente algo a la fuerza, como no se puede hacer querer algo a la fuerza, bueno, para que el cariño sea real. Y es que no basta con "hacer entender", hay que hacer querer. Entonces queda un único camino, muy conocido, por cierto, largo, costoso. Educación. Pero, como es sabido, "a burro viejo no se le saca trote". La "educación patrimonial" debe comenzar no en la adolescencia ni en la adultez, sino en la infancia. Y de los resultados de esta intervención patrimonial sí hay miles de casos exitosos en todo el mundo.
Alguien ya lo dijo hace tiempo: el problema del patrimonio cultural está íntimamente ligado a la identidad -éste es la prueba testimonial de esa identidad- y la identidad es un problema de conciencia. La educación de los niños orientada al reconocimiento del valor del patrimonio cultural es la herramienta que forma esa conciencia.

sábado, 4 de febrero de 2012

CULTURA: "La gran colusión", por Cristián Warnken. El Mercurio, 2 de febrero de 2012.

¿Por qué un empresario puede levantar su megatorre y megaedificio en el corazón de un barrio tradicional de la ciudad, arriesgando con provocar un colapso vial que afecte la calidad de vida de miles de personas, sin que se le exijan a tiempo medidas de mitigación? ¿Por qué otro empresario (también de la estirpe de los "mega") puede comprarse una cuadra entera de otro barrio tradicional y, después de un plebiscito comunal en el que los vecinos dijeron claramente "no" a la destrucción de su espacio vital, levantar un mall ? ¿Por qué otros empresarios pueden convertir a la Patagonia en una guitarra eléctrica? Si pueden hacerlo es porque la noción y la pasión genuina por lo público y por el espacio público se han hecho añicos en estas décadas, y no hay legislaciones ni una élite política que cuiden y protejan lo que es de todos. El "todos", el "nosotros", han desaparecido como una entelequia romántica y, al debilitarse las barreras de contención de la desmesura y la avidez, el gran Monstruo de la Usura y la ganancia fácil anda suelto por las calles y los bosques de Chile, devorándolo y devastándolo todo.
De a poco, hemos ido reemplazando nuestra antigua identidad republicana (a la que adhirieron desde la izquierda a la derecha) por un curioso engendro de país de colusiones y oligopolios. El país se remata, se vende, se subasta (ya lo hemos dicho antes) al mejor postor. Hablemos primero de la gran colusión, la matriz de todas las colusiones, la más escandalosa de todas: la de las dos coaliciones que se reparten -desde las secretarías de sus oficinas partidarias- el poder político de Chile. Ellas -bajo el loable argumento de la estabilidad- se repartieron Chile "miti-miti". Ambas se han convertido, en los hechos, en el mozo o moza que sirve el café a los lobistas de los oligopolios. Ellos, los expertos en hacer la vista gorda y derramar de cuando en cuando unas lágrimas de cocodrilo por alguna causa loable, sólo para conseguir votos. Ellos, los mismos que cada cierto tiempo construyen sus propias teleseries o reality-shows de dimes y diretes, para hacernos creer que realmente les interesa mejorar el sistema de representación que hoy nos asfixia. Y si les interesa realmente eso, ¿por qué entonces no renuncian en masa? ¿Por qué no se van a gozar de sus cómodas jubilaciones financiadas por el erario público y dejan el paso a una nueva dirigencia, pero nueva de verdad? Uno llega a sospechar que esta gran "colusión" de los bloques políticos fue armada para hacer posible un plan de depredación de todo aquello que tiene valor pero no precio; de lo más sagrado y entrañable, el alma y el cuerpo de Chile, eso por lo que nuestros antepasados -los bisabuelos de la degradada élite dirigente de hoy- dieron su vida. Es un poco tarde e impresentable -a estas alturas y ante hechos consumados- levantar la voz y pedir medidas de mitigación para la torre soberbia y narcisista, el "Costanero". Ya es tarde para que una legislación a la altura de nuestra geografía pare la afrenta de la hidroeléctrica. Ya es tarde para impedir que se destruya, incendie, saquee el poco patrimonio urbano que nos va quedando. Es tarde, porque al estar lo público, el "servicio público" en ruinas, es fácil que las ratas y las termitas se desaten a devorar los restos de las grandes construcciones. Qué paradoja es que el proyecto de un gran y nuevo Barrio Cívico se inicie en el momento en que el espacio público ha ya sido pulverizado por los mismos que hoy lideran su remozamiento.
Sé que no es una columna optimista, acorde con un espíritu veraniego, y tal vez esté contaminada por el cansancio del que todavía no se va de vacaciones. Como voy a dejar de leer los diarios, y estaré sin internet ni televisión por unas semanas, tal vez regrese en marzo pensando que Chile, el país, la nación (esa que amamos a pesar de la desmesura y las colusiones) todavía pueda flamear sobre este mágico, único y delicado fin de mundo.

jueves, 6 de octubre de 2011

CULTURA: "No sirve para nada", por Cristián Warnken. El Mercurio, 29 de septiembre de 2011.

Una destacada medievalista catalana, Victoria Cirlot, especialista en filología románica, visita Chile en estos días. Participa en un seminario sobre “Las formas de hablar del silencio” y en un encuentro sobre la Edad Media. ¿Para qué sirve estudiar las visiones de la mística del siglo XII Hidelgarda von Bingard o los símbolos del “Cuento del Grial”?
Para nada. Desde un punto de vista estrictamente utilitarista, estos simposios convocados para comentar o interpretar viejos textos del pasado no tienen relevancia alguna, son un lujo, una rareza, un delirio de humanistas, esa bizarra subespecie en extinción. La misma Victoria Cirlot, en una intervención en una universidad española, años atrás, alertaba sobre los riesgos del “vicio utilitarista” que se ha apoderado de nuestras sociedades y que, incluso, está amenazando el ser mismo de las universidades, que han tenido como misión y como destino, desde siempre, mantener vivo el espacio para la gratuidad, para el pensamiento y la creación que se sustraen al pensar calculante. En los inicios de la República, Andrés Bello se esmeraba en la traducción de un verso en latín, en cuestiones filológicas vistas desde hoy como bizantinas, absurdas. ¿Qué sería de Chile sin esos “inútiles”? Talvez un páramo cultural más profundo que cuanto ya lo somos. No habría surgido la Universidad de Chile, no habría humanidades, ni el poco de ciencia que tenemos. El utilitarismo ciego, ramplón, termina por condenar a los países que viven con las anteojeras del puro presente al estancamiento en una sola dimensión del desarrollo, la del desarrollo económico.

Lo único que ha permitido el pleno desarrollo del hombre ha sido la absoluta gratuidad e inutilidad de los saberes en los que ha explorado siempre por curiosidad, asombro o simple amor al saber mismo. Victoria Cirlot recuerda una historia de Sócrates citada por Cioran. Mientras se le estaba preparando la cicuta, Sócrates aprendía un aria con la flauta. “¿De qué te sirve?”, le preguntaron, y él contestó: “Para saber esta aria antes de morir”. No todo es “para algo”, hay muchos “sin para qué” que nos pueden hacer sentirnos orgullosos de pertenecer a la especie humana, esa que muchas veces nos da vergüenza cuando leemos los titulares de los diarios. La sonrisa de la Gioconda, el estremecedor adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, un verso de Huidobro o estos de Angelus Silesius: “La rosa es sin porqué,/ florece porque florece”. Cada uno de nosotros debiera aprender algo completamente inútil antes de morir. Algo que nos diera esa grata sensación de que no estuvimos aquí sólo para engrosar una estadística, para incrementar unos ahorros, para capitalizar, algo que se resistiera a la mera eficiencia. El que se junte un puñado de medievalistas en nuestra ciudad es un milagro y una forma de resistir a la desaparición del horizonte de gratuidad de nuestra vida y nuestra cultura. Cuando ello ya no ocurra, nuestra sociedad será plana, homogénea, gris, eficiente pero vacía, sin el júbilo que nos da una música inesperada surgida del silencio o una reflexión profunda nacida del viejo thaumazein, el asombro o la perplejidad de nuestros padres, los griegos.
El problema más importante hoy no es que estén cayendo los valores de la bolsa o que esté paralizada una parte del sistema escolar. Tenemos que aprender a coexistir con crisis cíclicas, sociales y económicas, probablemente cada vez más intensas. El verdadero problema es la gran crisis de sentido de sociedades que, por focalizar todo en el “para qué sirve”, han terminado por devastar no sólo la tierra, sino el alma de la tierra. Corremos el riesgo de morir envenenados por la cicuta del utilitarismo, pero sin haber aprendido una sola aria de flauta, que es lo único que nos puede preparar para recibir nuestra propia muerte con una sonrisa.

CULTURA: "No sirve para nada", por Gastón Soublette. El Mercurio, 6 de octubre de 2011.

En su columna de los jueves, el 29 de septiembre Cristián Warnken lanzó su voz de alerta y su protesta contra el chato utilitarismo que domina de hecho a nuestra sociedad. Según él, los chilenos carecemos de la cultura que nos permitiría concebir un modelo de desarrollo que no sea puramente económico, minimizando el valor de eso que podría darnos un desarrollo integral como personas con discernimiento y creatividad.
Al leer su magnífico artículo sobre este tema, titulado "No sirve para nada" (frase con la que ironiza la actitud del chileno medio ante las creaciones de la cultura), se me vino a la memoria un pensamiento del sabio chino Lao Tse (s. VI a.C.), que dice: "Cuando los hombres no temen lo que en verdad debe temerse, lo peor puede ocurrirles". Con estas palabras, el sabio se refiere al hecho de que los hombres puedan dejar de ser humanos por la pérdida progresiva de la conciencia, a causa de una clausura de los aspectos superiores de nuestra psique.
Se trata de una enfermedad mental que hoy alcanza una dimensión planetaria, aunque otros países, a diferencia del nuestro, tienen tradiciones culturales sólidas que les permiten paliarla.
Karl Gustav Jung en su obra póstuma llamada "El libro rojo", publicada recientemente, 50 años después de su muerte, se refiere a este tema. Para Jung, esta civilización utilitaria sigue un modelo heroico mediante el cual nos hemos propuesto ascender ilimitadamente y en un solo sentido, pagando el precio de neutralizar la mejor y más amplia zona de nuestra alma. La cita anterior de Lao Tse coincide con esta afirmación de Jung, porque eso "peor" que puede ocurrirnos en este proceso de empobrecimiento interior es que todo lo que deliberadamente hemos querido ignorar y excluir de nuestro propio ser, sorpresivamente venga a nosotros degradado bajo la forma de lo que él llama una "epidemia psíquica", la cual puede poseer nuestras mentes reducidas en su unilateralidad y nos obligue a enfrentar lo que más aborrecemos, eso que en ciertas coyunturas históricas emerge como un poder que se impone mediante la fuerza, haciendo simplificaciones brutales. Todo lo cual proviene de una acumulación de muchas décadas de vacío en la Pedagogía y la cultura de una sociedad.

jueves, 22 de septiembre de 2011

CULTURA: "La ilusión igualitaria", por Roberto Ampuero. El Mercurio, 22 de septiembre de 2011.

Confieso que participo activamente en algunas redes sociales, especialmente en Twitter y Facebook . Celebro su papel socialmente transformador y movilizador, y admito que con ellas el mundo ya nunca será el mismo de antes. Gozo el contacto permanente e inmediato con millares de personas, disfruto compartir con ellas opiniones, estados de ánimo, noticias, ideas y datos. Y sé cuán esenciales son las redes sociales en la movilización multitudinaria en democracia -como en los casos de Chile, España o Israel-, y cuán decisivas han sido a la hora de cambiar o hacer tambalear a regímenes no democráticos en la Primavera Árabe. Las dictaduras impiden su funcionamiento: le temen a un recurso tecnológico nada fácil de reprimir una vez en manos de la población.
En cierto sentido, las redes sociales son como las armas. No son buenas ni malas en sí mismas. Dependerá más bien del uso que se haga de ellas. Pueden ser empleadas en una causa justa o una injusta. Por lo tanto, su empleo demanda un mínimo de responsabilidad por parte del usuario. ¿Es legítima su práctica desde el anonimato? En dictaduras, sostienen muchos, es justificable. Permite denunciar abusos sin que el régimen identifique al denunciante. En democracia, el asunto es diferente. Llama la atención que la gran parte de las descalificaciones deleznables vienen de quienes se ocultan bajo nombres de fantasía, de gente que no da la cara para insultar a quien piensa de otro modo.
Para mí, que tuiteo a diario, la mayor desventaja de Twitter radica en que alimenta algo nocivo: una suerte de ilusión igualitaria. ¿Quién no es capaz de llenar 140 caracteres sobre el tema que sea? Twitter es la gran plaza pública donde todos vocean su producto e interactúan en pie de igualdad. En ese sentido es tan democrático como votar en elecciones: todos -sin importar origen, condición ni capacidad- pueden expresarse. En un caso, haciendo una raya, en el otro ocupando caracteres. Twitter crea la sensación de que todos somos iguales por el solo hecho de acceder a un computador y escribir de corrido.
Pero es sólo eso, una ilusión que permite ocultar el nivel de conocimiento y educación. De pronto, por el hecho de disponer de 140 caracteres, tenemos la sensación de que estamos a la altura del más pintado. Da lo mismo quién sea y cuáles sean los méritos del otro. No importan su educación ni especialidad. Con un par de caracteres y desde el anonimato, puedo aportillar en público las ideas del más influyente economista del planeta, ridiculizar la investigación de un Nobel de medicina, indicarle al gran Messi cómo dominar el balón, o a un Pulitzer de literatura cómo escribir, y de paso darle un tapabocas al filósofo más célebre con tres frases sin ortografía. Los 140 caracteres son el tango "Cambalache": todo es igual, cualquiera es un señor, "lo mismo es un burro que un gran profesor". Tendrán que escucharme los que se han pasado 15 o 20 años, o la vida entera, dedicados a un tema: yo los aleccionaré, porque el debate en pocos caracteres permite disimular mi nivel y limitaciones.
Es una ilusión peligrosa. Según estudios de la OCDE, los adolescentes estadounidenses entre 13 y 17 años reciben alrededor de cuatro mil mensajes de texto por celulares, pero sólo 50,7 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 admite haber leído al menos un libro voluntariamente. Paradójicamente, en medio de la escritura y lectura constantes, Estados Unidos y otros países corren el peligro de convertirse en sociedades analfabetas, que pierden la ortografía y la capacidad de expresar y entender ideas complejas por escrito. Las redes sociales nos seducen con su poder asombroso, pero pueden convencernos de que el conocimiento se restringe a una brillante declaración de 140 caracteres.
Perdón, lo dejo aquí. Es mi hora de tuitear.

jueves, 4 de agosto de 2011

CULTURA: "Chile gotea", por Cristián Warnken. El Mercurio, 4 de agosto de 2011.

¿Hay algo más chileno que una gotera? En "Días de campo", del cineasta Raúl Ruiz, una misma gotera, persistente y ubicua, va cambiando de lugar por las distintas "alas" de una amplia casa de adobe en el transcurso de la película. La gotera opera ahí como metáfora de un mundo rural en el que sobrevivíamos muy bien entre nuestra atávica precariedad y azar mágico ("será de Dios..."). Probablemente muchos chilenos trasplantados a otros países del mundo deben echar de menos esas goteras de las viejas, grandes y sombrías casas de amplios corredores. No sé si habrá goteras alemanas o suecas, pero no deben ser iguales a las nostálgicas goteras nuestras.

Me parecía que no iba a volver a escuchar nunca más el característico sonido de una de esas goteras que forman parte de nuestra infancia, cuando una gota cayendo dentro de un tiesto o "cacharro" podía concentrar la atención de un niño en la noche. En este Chile que quiere aspiracional y a veces presuntuosamente entrar en las grandes ligas, ese al que cada cierto tiempo le gusta verse narcisistamente en rankings y encuestas internacionales, una gotera sería mal vista. Sería mostrar la hilacha.

Por eso me sorprendió volver a encontrarme con estas atávicas compañeras de los inviernos fríos y monótonos de la zona central en un concierto de cámara en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. La invitación y el evento en cuestión eran dignos de elogio: un programa musical atractivísimo (Bach, Stravinsky y Beethoven), dirigido por un gran director chileno de trayectoria internacional. Un concierto gratuito, en un espacio público cargado de historia: el templo republicano de las Bellas Artes, de esos que levantaron en nuestro siglo XIX nuestros visionarios para los que la palabra "cultura" era más que una frase de llamada.

Pero el frío era mortuorio. Nada para calefaccionar, ni siquiera una criolla estufa a parafina. Afuera llovía, y la sala estaba "de bote a bote". Había un frío de morgue o de internado. Un frío muy santiaguino que cala hasta los huesos. Ahí, bajo la magnífica bóveda de vidrio y entre esculturas muy clásicas (que también parecían muertas de frío), la orquesta de cámara y el director, con todo su ímpetu de poseído por la música, no lograban derrotar a ese frío atávico. Los instrumentos comenzaron a desafinarse, y los heroicos violinistas y los chelistas de mágicos dedos ateridos parecían en cada movimiento de las partituras congelarse como extras de una pesadilla surrealista.

De pronto, el paciente director alzó, inquisitiva, su mirada hacia el techo. ¿Buscaba talvez la fuerza o el auxilio de la musiquilla de las altas esferas? No. Miraba estupefacto cómo desde la magnífica cúpula caían desvergonzadas, felices de encontrarse en este solemne escenario, las clásicas goteras chilenas. ¡Una seguidilla de pérfidas goteras en pleno allegro o adagio de una sinfonía de Beethoven! "La tempestad" de Beethoven no pudo llegar a su fin, hubo que terminar antes el concierto. Las goteras caían en gloria y majestad sobre nuestras cabezas, no como la metáfora de un mundo provinciano y perdido, sino como la prueba irrefutable de que nos está lloviendo sobre mojado. Esas goteras cayendo sobre las cuerdas y teclas de una impecable orquesta de cámara se me impusieron como el signo de una decadencia silenciosa, que detrás de las fachadas develaba las grietas de nuestra excelencia hecha pedazos.

Y tuve una visión o epifanía "chilensis": sentí que esa gotera no estaba sólo cayendo dentro del Museo de Bellas Artes, sino también de La Moneda, del Congreso y de las apolilladas sedes partidistas de distinto signo, por los intersticios de las instituciones de una República sin dirección, un barco a la deriva y a punto de naufragar en un mar de chascarros, chambonadas y desprolijidades sin nombre. Gotera País, gotera.cl, gotera chilena 2.0...

viernes, 22 de julio de 2011

CULTURA: "Soy un bien de consumo", por Cristián Warnken. El Mercurio, 21 de julio de 2011.

El Presidente dijo -hace dos días- en una ceremonia académica: "La educación es un bien de consumo". El nuevo vocero de Gobierno salió inmediatamente a aclarar lo que el Presidente habría querido decir con sus palabras, pero su aclaración fue demasiado larga y poco clara como para convencer a nadie de que en realidad el Presidente no había dicho lo que había dicho. En este caso, no creo que estemos ante un lapsus o una frase sacada de contexto. Y si fue un lapsus, lo fue tal como lo entendían Freud y los psicoanalistas: como la irrupción de un contenido latente o reprimido. Lo que afirmó le salió de lo más hondo de su inconsciente, de su ser más profundo.
En su trayectoria empresarial y como inversionista, el Presidente ha tenido que ver la realidad y apropiarse de ella siempre en términos de ganancia o pérdida económicas. Esa manera de ver el mundo le dio muy buenos resultados en el ámbito de los negocios, donde esas categorías son pertinentes y necesarias. Pero en otras esferas esas mismas categorías pueden volverse no sólo inoperantes o distorsionadoras, sino aberrantes e insolentes, sobre todo en un país como este, que se ha construido desde una educación pensada por humanistas de la talla de Andrés Bello o del gran Jorge Millas. No todo puede ser reducido a variables puramente económicas. Hay dimensiones humanas en las que todavía impera la gratuidad y no campea el pensar calculante. Y digo todavía, porque los nuevos materialistas, los reduccionistas económicos, a estas alturas sienten que todo, absolutamente todo, puede ser un "bien de consumo", un "insumo", una "inversión" o un commodity .
Así como los marxistas de viejo cuño creyeron entender al hombre y la sociedad con las simplistas categorías de "lucha de clases", "burguesía" y "proletariado", este nuevo fundamentalismo económico nos va a llevar al despeñadero al que siempre terminan por llevar las teorías explicativas reductivistas, convertidas en verdades y aplicadas mecánicamente y con fervor mesiánico en todos los ámbitos del quehacer humano. Marx y Friedman fueron intelectuales brillantes de su tiempo, pero sus discípulos suelen ser peligrosísimos: coinciden en el mismo tipo de violencia teórica que le infligen a la realidad humana, al hacer calzar -a la fuerza y al costo que sea- todo, absolutamente todo, dentro de sus matrices interpretativas, convertidas en las nuevas tablas de la ley.
Lo que el Presidente dijo o no quiso decir me sumió en una honda perplejidad. Soy profesor hace varias décadas; e rgo -desde su punto de vista-, yo también soy un bien de consumo. ¿Y el amor al conocimiento, la pasión por enseñar que comparto con miles de profesores anónimos que han escogido esta profesión, son entonces una inversión o un commodity ?". Entonces, Gabriela Mistral con su "La oración de la maestra", y Aristóteles, Sócrates, Abelardo, Jesús y todos los grandes maestros de Occidente, ¿se equivocaron al pensar que estaban trabajando con almas, con seres y no con bienes transables en el mercado? ¿Fue una ilusa Gabriela Mistral cuando dijo: "Como los niños no son mercancías, es vergonzoso regatear el tiempo en la escuela; pertenecemos a la escuela en todo momento que ella nos necesite"? ¿Se dilapida, se pierde el tiempo en educación cuando se piensa así? ¿Cuánto vale "El sermón de la montaña"? ¿Y cuánto la "Apología de Sócrates"?
Los dichos del Presidente me hicieron recordar las aprensiones del poeta Ezra Pound, quien, alertado por el efecto devastador que puede tener la usura en nuestra civilización, dijo en su Cantar XLV: Con usura "ninguna pintura está hecha para durar o vivir en ella, sino sólo para venderse,/ venderse con avidez (...)./ Piero de la Francesca fue ajeno a la usura (...)./ La usura trae herrumbre al cincel,/ enmohece al artesano y su oficio,/ corroe el hilo del telar". ¿Cuánto valen hoy estos lúcidos versos de Pound?

miércoles, 13 de julio de 2011

CULTURA: "La juventud", por Agustín Squella. Carta al Director, El Mercurio, 9 de julio de 2011.

A propósito de las frecuentes y hoy reiteradas críticas a nuestra juventud, me gustaría reproducir la siguiente cita que un colega de universidad acaba de compartir conmigo:
"Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene mayor respeto por los mayores de edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos". Y esta otra: "Ya no tengo esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder. Porque esta juventud es insoportable, desenfrenada y simplemente horrible".
¿A quiénes pertenecen juicios como esos? ¿A un fastidiado educador de nuestros días? ¿A un padre desolado? Nada de eso.
La primera de esas citas es de Sócrates (479-399 a.C.), y la segunda es de Hesíodo, quien vivió en el siglo VIII a.C.
Y si quisiéranos ir todavía más atrás, vean esta perla escrita en un vaso de arcilla descubierto en las minas de Babilonia y al que se calculan cuatro mil años de antigüedad: "Los jóvenes jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura".

miércoles, 15 de junio de 2011

CULTURA: "Golondrina, no soy de aquí", por Cristián Warnken". El Mercurio, 9 de junio de 2011.

Una golondrina revolotea en un cielo que se despeja suavemente, mientras cae la tarde. Estoy en otro hemisferio, a otra hora. Allá será un zorzal o un colibrí el que se prepara a levantar las cortinas del día en mi jardín. ¿Se acordarán de mí esos pájaros ingratos?
Son buenas compañeras las golondrinas de Europa. Hubo una que se hizo célebre, por el cuento "El príncipe feliz" de Oscar Wilde: ganó fama de generosa por repartir los ojos y los rubíes de la misericordiosa estatua a los niños de una ciudad del norte. Hay un capítulo memorable y delicado de las "Memorias de ultratumba" de Chateaubriand, en que este descendiente de la nobleza derrotada en la revolución conversa con una golondrina que se posa en la ventana de su pieza en una posada en la que hace un alto en uno de sus tantos viajes. Chateaubriand conversa amenamente con ella, como suelen conversar los jubilados con las palomas en las plazas de provincia. Es conmovedor que el que conociera personalmente al rey de Francia, cercano y después enemigo de Napoleón, senador, memorialista y político célebre, le hiciera las preguntas finales de su propio crepúsculo (y el de su época) a una golondrina.
Talvez los que toman las grandes decisiones en el mundo debieran darse un tiempo para hacerles preguntas a las golondrinas. Eso ocurre, lamentablemente, cuando ya es tarde. Los acontecimientos de la historia son cambiantes y caprichosos, tanto como las formas de las nubes en el cielo. Todos debiéramos tener una golondrina cerca en el momento preciso para que ellas nos digan -sabias como deben ser las aves migratorias- cómo capear las estaciones más frías y tormentosas. Siempre hay un invierno o un otoño reservados para cada uno de nosotros, que llega antes de lo que esperábamos. Es entonces cuando tienen algo que decir estas golondrinas nerviosas y juguetonas. Estoy seguro de que ellas saben más que los expertos y consultores que andan por el mundo tratando de predecirlo y explicarlo todo, con brújulas desorientadas en un mundo cada vez más inesperado y sorpresivo.
Cae la tarde en Pollestres, un pueblo casi fantasmal de pocos residentes (o residentes muy recatados y secretos) del Rosellón del sureste de Francia. Pollestres no aparece en la guía Michelin de Francia que siempre llevo conmigo, y no sé si aparecerá en Wikipedia. Hay una iglesia del siglo XII restaurada, a dos cuadras de la casa donde nos alojamos. Los nombres de las calles están escritos en dos lenguas, catalán y francés. Hay un café de nombre " Midi ": en todos los pueblos de Francia del sur hay dos lugares sagrados: los cafés y las iglesias. Cuando le pregunto a la mujer que nos atiende desde cuándo existe ese café, me dice: " Depuis toujours " ("Desde siempre").
Talvez sólo en Europa sea posible decir todavía "siempre". Nosotros, que nacimos en un continente descubierto por azar, sabemos que el toujours es una quimera. Talvez por eso demolemos todo lo que huela a pasado.
En Chile no hay golondrinas, pero las amo. Como los cipreses y la luz de aquí. Y las piedras de los castillos, las mismas que algún día ardieron consumidas por el fuego y la sangre, en los siglos de las cruzadas que desde aquí a más al norte recorrieron pueblo a pueblo llevando a las hogueras a los cátaros, los herejes de entonces. Amo toda herejía que limpie el cielo cuando éste se cierra.
Amo este cielo, pero no soy de aquí. ¿Estará ya brillando la estrella de la mañana en mi lejano país? Cómo me gustaría juntar ese lucero del sur con esta golondrina del norte que revolotea sobre mi cabeza. Que pudieran hablarse y decirse cosas. Como amigas de la misma nostalgia y de la misma promesa: la promesa de que algún día por fin seremos. Cuando las dos mitades, los dos hemisferios, los del ayer y del mañana, por fin se junten. Y que cuando anochezca, también amanezca.

lunes, 28 de marzo de 2011

CULTURA: "Un lector se hace", por Consuelo Montoya. El Mercurio, 28 de marzo de 2011.

Las cifras del último estudio publicado por la Fundación La Fuente-Adimark, en noviembre de 2010, reconfirman que en nuestro país existen escasos hábitos de lectura: según esta encuesta, el 52,8 por ciento de los chilenos se declara "no lector", y "la lectura sigue siendo una actividad que no motiva y para la cual no se encuentra tiempo".
Para revertir en parte esta tendencia, el Gobierno cuenta desde 2007 con un Plan de Fomento a la Lectura, radicado en el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, que se apoya en una serie de políticas, proyectos educacionales y acciones desarrolladas por la empresa privada y la sociedad civil. Su objetivo principal es "construir un país de lectores, asegurando la democratización en el acceso a todo tipo de formatos de lectura, valorando y fortaleciendo al libro como factor relevante de competencia para el mundo laboral, como signo de identidad, como un factor de felicidad y calidad de vida, y como factor de inclusión social y democratización".
¿Qué responsabilidad les cabe a los padres en formar hábitos que promuevan la lectura en sus hijos? Con pequeñas acciones desarrolladas desde muy temprana edad se puede hacer que los niños descubran el maravilloso mundo de los libros y aprendan a amarlos.
Según los expertos, en primer lugar, no es necesario esperar que un niño lea para que tenga contacto con los libros. Los hay para todas las edades: sólo con imágenes, interactivos, con sonidos, con texturas y los famosos "busca y encuentra" que comienzan a interiorizarlos en este universo. Es fundamental demostrarles que los libros son entretenidos y que pueden ayudarlos a saciar su necesidad de conocer y explorar. Así aumentan su imaginación y creatividad y encuentran herramientas para desarrollar sus habilidades.
Luego, tratar de que, al igual que juguetes, los libros estén presentes en el día a día de los niños y permitirles que los manipulen como tales. Asimismo, seguir sus intereses es fundamental para que disfruten de la lectura. No se deben limitar sus gustos: que lean lo que les interesa, sea lo que sea.
Otra manera de estrechar la relación con la lectura es contarles historias y, sobre todo, predicar con el ejemplo. Si los niños ven a sus padres leer, tenderán a imitarlos.
Éstos son algunos de los caminos que llevan a que los niños adquieran un hábito que les permitirá ser buenos lectores y, de paso, adquirir valores y desarrollar su inteligencia. Si conseguimos despertar el interés por los libros desde los primeros meses, aseguramos que este hábito se desarrolle y permanezca en la vida, logrando enriquecernos culturalmente como país. Como dijo Vargas Llosa: "Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos; más conformistas, menos inquietos, y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría".

jueves, 17 de marzo de 2011

CULTURA: "La reacción nipona frente a la catástrofe". El Mercurio, 17 de marzo de 2011.

La tranquilidad que muestran los japoneses tiene bases milenariasEl respeto hacia los otros, dar el máximo esfuerzo siempre y no temer a la adversidad les ayuda a enfrentar ésta y otras crisis.

B. Villa y Y. Kiessling
Las imágenes del terremoto y maremoto en Japón no sólo han llamado la atención por la magnitud del daño, sino también por el estoicismo que ha mostrado su pueblo luego de la tragedia.
A diferencia de Chile y otros países que han vivido catástrofes similares, los nipones han sido capaces de mantener la calma y sobreponerse al terror que vivieron.
Esta tranquilidad tiene su base en factores culturales y sociales que han determinado la idiosincrasia japonesa y que datan de hace más de dos mil años.
Son regidos por ciertos preceptos que les enseñan desde niños y que los obligan a comportarse de la manera correcta. Uno de ellos es el "Gaman", que tiene que ver con la capacidad de sobrellevar con paciencia y dignidad lo que parece insoportable.
Como complemento de lo anterior está el "Gambaru" o la necesidad de hacer el mejor esfuerzo. "Su sociedad se basa en esos dos conceptos, romper la adversidad y dar el mejor esfuerzo. Y esto se les enseña en todo contexto: escuela, trabajo, deportes, etc., y permea a toda la sociedad", explica Luis Díaz, presidente de la asociación de ex becarios en Japón.
Esto mismo también explica otra conducta de los nipones: pese a la magnitud del desastre, la pérdida de bienes materiales y la falta de alimentos, no se han producido robos ni saqueos. Un cuadro impensable en esta cultura, donde la empatía siempre estará por sobre cualquier necesidad, debido al gran respeto que sienten por el otro.
"El japonés le da un inmenso valor a lo comunitario, pero también un gigantesco respeto a la individualidad. Confían en que la ayuda va a llegar porque hay alguien que está trabajando para eso y no se va a olvidar de ellos", explica Sergio Carrasco, historiador de la Universidad de Chile.
Por este mismo respeto hacia el prójimo es que evitan llorar en público. Según la creencia japonesa, expresar sus sentimientos de dolor o llanto puede atraer energías negativas que van a afectar a sus cercanos y ofender a sus ancestros, en una cultura que es muy preocupada por la tradición.