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martes, 11 de octubre de 2011

POLÍTICA: "Jobs, EE.UU. y la innovación", por Karen Ebensperger. El Mercurio, 7 de octubre de 2011.

Siempre me ha impresionado que una nación nueva como es EE.UU. haya tenido tan claro, desde su fundación, que su futuro estaba ligado a la creatividad de su gente.
La Oficina de Patentes y Marcas de EE.UU. tiene más de 200 años, tantos como el propio país, y desde su inicio promovió el progreso de las ciencias y las artes. En ella está inscrita la mejor parte de la historia de EE.UU. Y seguramente en letras de molde figura Steve Jobs.
Muchos -como el propio Jobs- iniciaron sus investigaciones en un simple garaje, ese emblemático recinto de la sociedad norteamericana, con el cesto de basketball en el exterior, la puerta levadiza y las herramientas colgando en las paredes con una pulcritud que, sin duda, deja huellas que marcan el carácter de los niños. Porque esos garajes, como antes los graneros, hablan de padres que se arremangan las mangas, y donde el concepto de "do it yourself" es un principio de vida. Se calcula que 52% del crecimiento de EE.UU. desde la II Guerra Mundial provino de los inventos, muchos aportados por inmigrantes europeos con cero capital, pero incentivados por una actitud social en ese país hacia el individuo creativo.
Desde Benjamin Franklin o un siglo después con Thomas Edison, los inventores han hecho de EE.UU. una sociedad de oportunidades y de avances. Ellos nunca esperan mucho del Estado, tampoco de un golpe de suerte, sino que trabajaban incansablemente con la seguridad de pertenecer a una sociedad que valora el emprendimiento. Y el rol del gobierno para asegurar la continuidad de la innovación ha sido promover una oficina de patentes fuerte y ágil, porque sin propiedad intelectual no se puede estimular a una persona a invertir sus mejores años en desarrollar una idea.
De esos garajes salieron visionarios como Steve Jobs y Steve Wozniak, impulsores del computador personal y fundadores de la empresa Apple.
Hoy ya es leyenda cómo ambos armaron los primeros computadores Apple en un garaje de California.
Bill Hewlett y Dave Packard gestaron HP -una de las compañías tecnológicas más importantes del mundo- en otro garaje que ha sido declarado lugar histórico en EE.UU. Y en 1998, los estudiantes Larry Page y Sergey Brin tenían la idea de crear un buscador de internet que funcionara mediante un complejo algoritmo. En un garaje de la avenida Santa Margarita, en el sur de San Francisco, incubaron Google... y lo demás ya es historia. Bill Gates jubiló a los 53 años -tras su enorme aporte a la era de la informática- para dedicarse a su fundación, que aporta a la educación y a la cura del sida en África. Otros inventores sólo obtuvieron una pequeña pensión, pero independiente de la recompensa, los innovadores tienen en común un entusiasmo por el proceso creativo.
Son innumerables los ejemplos, y uno se pregunta qué tiene EE.UU. que inspira a tantos innovadores. La clave está en un ambiente social que estimula desde niños un interés personal hacia la creatividad.
Por eso, creo yo, hay tanta impaciencia con algunos potentes especuladores de Wall Street: no representan el verdadero espíritu de EE.UU. Ojalá en Chile, tras tanto discutir sobre educación e innovación, logremos el clima adecuado para que aparezca al menos un Steve Jobs por generación. Eso parte por no mofarnos si vemos a alguien distinto, atípico, que pasa las horas pensando sobre una rara idea. Steve Jobs era considerado un nerd ...y hoy es despedido como un ícono.

miércoles, 15 de junio de 2011

POLÍTICA: "Cadetes, nuevos objetos del odio", por Gonzalo Rojas. El Mercurio, 25 de mayo de 2011.

Es el odio, que no pasa. Es el odio, que parece quedarse y crecer en nuestro Chile.
Por Gonzalo Rojas Van dentro de la fila, en orden, pacíficos, mostrando a todos su condición, felices de servir, contentos porque, junto a sus compañeros, le recuerdan a Chile entero que existen las tradiciones y los compromisos, que no han sido olvidados en el país ni el heroísmo ni los rutinarios sacrificios.

De pronto, ven que el cadete de al lado y también el del frente caen de bruces. Han gritado de dolor los heridos, mientras a varios otros se les escapa también un clamor de sorpresa. Y ni siquiera pueden defenderse. ¿Qué está pasando?

Es el odio, que no pasa. Es el odio, que parece quedarse y crecer en nuestro Chile.

Siempre por la espalda, siempre a las pedradas, siempre contra los que se arriesgan por su coherencia, siempre desde la seguridad del que puede después hacerse la víctima de la represión.

Los cadetes de la Escuela Naval han quedado incorporados al grupo de los numerosos objetos del odio en Chile. Un 21 de Mayo, justamente cuando correspondía que todos les manifestaran admiración y gratitud, apoyo y ánimo, comenzaron a compartir la triste condición de tantos otros que ya han sufrido antes el odioso sectarismo. Niebla mortífera, lo llamó Gonzalo Vial.

Porque son odiados los políticos que promueven la vida y la familia. En vez de argumentarles, se les espeta que sólo defienden sus posturas porque han tenido una vida exitosa en esos planos, que quieren imponer convicciones minoritarias, que son insensibles para el dolor ajeno. Fundamentalistas, integristas...

Porque son odiados los partidarios de la reconstrucción de Chile que condujera el Presidente Pinochet, hagan los matices que hagan sobre el tratamiento de los subversivos de izquierda en esos años. Y, muy especialmente, son odiados todos los que participaron en ese gobierno, que se inició con 75 por ciento del apoyo popular y mantuvo el 43 por ciento hasta sus días finales. Dictadores, criminales...

Porque son odiados los eclesiásticos que recuerdan la existencia de un Dios tan bondadoso como exigente, tan Padre como Hermano mayor. Sobre esas recias personalidades eclesiales recae la hiriente descalificación. Inquisidores, dogmáticos...

Porque son odiados los empresarios que generan empleo y ganan dinero. Mucho antes de analizar su comportamiento concreto respecto de la justicia social, ya han sido enjuiciados y descalificados. Chupasangres, explotadores...

Porque son odiadas las fuerzas policiales a las que, por mandato jurídico y por prudencia política, les corresponde el control del orden público y el resguardo de la paz ciudadana. Asesinos, represores...

Porque son odiados los intelectuales que -con dependencia de la verdad razonable y con independencia de todos los poderes- se atreven a mostrar la mediocridad y la inconsecuencia, argumentando sin odio, pero sacando las necesarias ronchas después de quitar las costras de la hipocresía. Apitutados, soberbios...

Porque son odiados los profesores que intentan mantener la disciplina escolar básica, seguros de que gran parte de su trabajo consiste en formar caracteres, para que, al explicar las materias, esos contenidos sean aprovechables por voluntades firmes. Insensibles, autoritarios...

El instrumento del odio es siempre una piedra, aunque a veces se disfrace de palabra. No hay oración discursiva, dialogante, abierta al otro: el sujeto, el verbo y el predicado están ausentes. Basta con una simple interjección con apariencia de sustantivo; el odio es verbalmente minimalista, se contenta con poco.

A veces, las piedras vienen del manifestante callejero; otras del escritor de posteos; no faltan en los patios universitarios. Duras, hirientes, inertes.

Piedras, las piedras del odio.

POLÍTICA: "Y todo, ¿para qué?", por Gonzalo Rojas. El Mercurio, 15 de junio de 2011.

Si la directiva de la UDI tenía o no atribuciones para reemplazar a varios de sus integrantes, sin mediar una nueva elección, ese no es el problema.
Si Juan Antonio Coloma debía o no renunciar junto con quienes lo acompañaron en su última candidatura, ya que su mandato presidencial habría sido sobrepasado por una maniobra audaz, ese no es el problema.
Si las generaciones jóvenes de la UDI, representadas en parte por los miembros de la directiva que han debido abandonarla, deben llegar o no a la conclusión de que su acceso a la conducción del partido sigue clausurado, ese no es el problema.
Si Pablo Longueira ha decidido finalmente ocupar desde la derecha el vacío que Enríquez-Ominami ha dejado desde la izquierda, es decir, un liderazgo en sintonía con la calle, ese no es el problema.
Si la UDI como partido, si la Coalición como alianza de gobierno, si la Presidencia de la República y todos los organismos dependientes comunican bien o mal, ese no es el problema.
Pero, incluso, ¿es que hay un problema? Por cierto, y de gran magnitud, como para que la UDI haga un cambio rotundo de directiva; Coloma se quede responsablemente al frente cuando parece haber sido dejado de lado; los jóvenes casi no aleguen, a pesar de su evidente desplazamiento; Longueira hable ya dos sábados consecutivos por más de tres horas en cada ocasión y en tonos apocalípticos; el Presidente Piñera se allane a discutir mano a mano con sus partidarios más críticos.
Hay un problema, pero no tiene que ver ni con mesas directivas, ni con jóvenes, ni con comunicación, ni con largas y proféticas peroratas, ni con diálogos de recriminaciones cruzadas. Es el más grave y terrible de los problemas, y mientras no se lo reconozca, no habrá búsqueda de soluciones. Es, simplemente, este: ¿Para qué gobernar?
Sentido, proyecto, finalidad: eso es lo que falta. ¿Relato? ¿Y cómo se va a contar, cómo se va a relatar a los demás aquello que no está claro, unitariamente claro, ni siquiera en la mente de quienes escriben el día a día de esta novela llamada Gobierno?
Decenas de veces se oyó reconocer a quienes asumían el Ejecutivo el año pasado, en pasillos y matrimonios, tomándose un café o en el metro, que... no estaban preparados para gobernar. Esa confesión, hecha por personas notables por su afán de servicio y por sus sacrificios personales, tampoco apuntaba al fondo. Se referían a que quizás todo había sido muy apurado, hablaban de falta de pulcritud en la así llamada "instalación", pero carecían de conciencia profunda sobre algo más decisivo: la intención. Muchos de los nuevos administradores simplemente no estaban preparados para asumir sus tareas, porque no conocían el para qué de sus labores. Y ahora, 15 meses después, el problema sigue siendo ese para qué.
Porque las mentes tecnocráticas, las cabezas instrumentalistas, no se hacen cargo a fondo del sentido, de la finalidad. Da lo mismo que sean ingenieros o sociólogos, abogados o economistas: donde no hay mirada finalista, sólo puede haber medición por las encuestas o control por los expertos. Las decisiones energéticas se toman entonces de modo errático; las modificaciones educacionales son apenas instrumentales; los proyectos de uniones irregulares apuntan a beneficiar el defecto; las reformas políticas se parchan en beneficio de los intereses electorales...
En buena hora, entonces, la crisis de estos días, porque servirá para formularse las preguntas intermedias: ¿Para qué se reorganiza la UDI? ¿Para qué se pone nerviosa la Coalición? ¿Para qué se reactiva el Presidente?
Paradójicamente, la respuesta sólo puede venir desde fuera de los partidos, desde fuera del Gobierno, desde fuera de la política.

jueves, 5 de mayo de 2011

POLÍTICA: "Cuando muere un terrorista", por Gonzalo Rojas Sánchez. El Mercurio, 4 de mayo de 2011.

Sea quien sea el fallecido, nadie debe alegrarse, a nadie le conviene celebrar. Si el subversivo ha muerto en combate o en acción directa, no se ha marchado en paz: se ha ido en el medio de su odiosa vida. Al terrorista no le convenía vivir así ni morir así, y aunque él escogió libremente esa existencia, si hubiese humanos que se alegrasen por su triste final, ellos habrían entrado también por la senda del odio.
Es cierto que el mundo parece desde el momento de esa muerte un lugar más seguro y menos contaminado; pero eso no es verdad. El terrorista acribillado seguirá influyendo. La cadena que se ha conformado desde los jacobinos hasta Osama y cuyos eslabones han sido tan variados (anarquistas, leninistas, guevaristas, nacionalistas, maoístas, fundamentalistas, etcétera) no va a cortarse fácilmente.
La internacional terrorista sube y baja en los rankings de eficacia, pero sería ingenuo pensar que sus diversas ramas van a desaparecer así como así, por un revés aquí, por un muerto allá. Esa transnacional maneja perfectamente lo visible y lo oculto. Su visibilidad es siempre inocua; no agrede, sino que conmueve intentando convencernos de que el terrorista era una persona idealista y coherente, que fue reprimida y finalmente asesinada.
Si era figura mundial, cientos de miles de manifestantes recordarán al subversivo en el mundo entero. Y si era poco conocido, al menos unos cientos lo acompañarán hasta su tumba, encapuchados quizás. Calles y plazas, fundaciones y revistas, congresos y aniversarios recordarán su obra liberadora. Sobrarán los alcaldes, los líderes sociales y los comunicadores que quieran perpetuar la memoria de tan excelsa figura. Compañeros de ruta del terrorismo son...
El lenguaje, convenientemente deformado, se pondrá al servicio de su memoria: fue el amigo de los débiles, enfrentó a los poderosos, amó la justicia, siempre buscó la paz final -se dirá.
Se venderán sus poleras, no faltará la oferta de tazones para el café, el cine acogerá en documentales y ficción su vida heroica. ¡Qué bueno fue! Millones de jóvenes en el mundo entero recibirán su influjo poderoso, y de entre ellos, unos pocos miles decidirán incorporarse como eslabones a la cadena terrorista. Con apellidos irlandeses o árabes, vascos o iberoamericanos, tribales o urbanos, iniciarán la otra etapa, la de un ocultamiento que termina siendo siempre letal. Conocemos bien el proceso en nuestro propio Chile, porque lo vivimos desde mediados de los años 60 en adelante.
Reclutados por unos adultos apenas mayores que ellos, esos jóvenes dejarán de asistir a clases formales para matricularse en las escuelas del terror; en sus células leerán sobre Bakunin o Lenin, sobre Trotsky o Mao, sobre Guevara u Osama. Sus familias -si las tienen- sospecharán que en algún carrete pesado están metidos los jovenzuelos, pero, faltos de voluntad o de medios, no lograrán alejarlos de esos ambientes.
Y un día -fatal para otros, para sus víctimas- darán su primer golpe, cometerán su primer crimen, engrosarán los listados de los buscados por los poderes a los que ellos mismos quieren derribar. Propiedad destrozada, heridos, muertos. Ellos, por eso mismo, estarán así construyéndose desde el dolor ajeno.
El proceso nunca se detiene. Para validarse, irán arriesgándose más y más en la exposición de sus golpes, en la audacia de sus atentados. Y, entonces, otro día -esta vez, fatal para ellos- la inteligencia estatal los encontrará después de largo rastreo; los acorralará, morirán.
Es la historia visible y oculta del terrorismo: un cuento de nunca acabar. Veremos cómo empieza de nuevo esta vez.

miércoles, 13 de abril de 2011

POLÍTICA: "Progresistas: de la risa a la furia", por Gonzalo Rojas. El Mercurio, 13 de abril de 2011.

Felices y furiosos: así están los liberales y progresistas. Felices, porque han pillado en falta a fulano o a perengano, a la menganita o a la zutanita. Furiosos, porque -para sus ahora delicadas epidermis- las faltas cometidas por los acusados son inaceptables.
Se los ve por todos lados en esa doble actitud: después de sonreír maliciosamente -porque ellos lo sabían, yo te lo dije, a mí no me vienen con cuentos- comienzan a enardecerse, suben el tono de la voz, se les acaba la ironía y terminan indignados ante tanta maldad y pecado.
Vaya paradoja. Alegrarse por el mal ajeno, sólo porque el vicio se ha presentado en las vidas de quienes consideraban sus rivales y ahora son la peste negra, les llena el alma de gorgoritos, mas sólo por un breve tiempo, porque esa bilis es tan corrosiva, que después de la burla aparece la furia.
Y entonces el enojo furibundo -a más de alguno se le ha visto gritar prometiendo que acabará con todos los perversos- descubre el verdadero objetivo de la crítica y de la descalificación. Porque el norte de los liberales y de los progresistas no ha sido nunca proteger a los niños (mientras a más temprana edad se inicien los adolescentes en la vida sexual, mejor, nos dicen); ni dotar al clero, a los pastores o a los rabinos de una adecuada formación y control de calidad (mientras menos y más tontos sean, antes se acabará el oscurantismo, afirman); ni, por cierto, reforzar una moral única para todos los miembros de la especie, obligatoria y liberadora a la vez (mientras más autonomía tenga cada uno, menos cadenas arrastrará, sostienen).
Su objetivo, mil veces repetido, es un rotundo "vive como quieras".
Y por eso se enojan los nuevos cátaros, porque creen estar luchando contra los malos, pero tienen que hacerlo en el nombre del bien. Y en el bien, vaya, en el bien como tal, ellos en realidad no creen. Intuyen que están dentro de una maraña, capturados. Eso los pone de muy mal genio.
Sí, porque la misma vara que liberales y progresistas están usando para censurar a quienes la han derribado culpablemente, esa misma vara, queda ahora enaltecida como medida y referente de los actos humanos. Podrás reírte y descalificar al que ya la botó, pero seguro que te gustaría haberte propuesto algún día saltar a esa altura.
Y ahora que criticas, ¿estás dispuesto a imponértela a ti mismo como medida de tus hechos, o esa exigencia sólo corre para tus rivales?
Porque por tus actos se te medirá, sí, a ti también.
Pero el desagrado de los liberales no termina ahí, ya que más encima los rivales del progresismo -conscientes y arrepentidos por las faltas cometidas- se han atrevido a pedir perdón. Da lo mismo, la respuesta será igual de dura, porque, ¿habrase visto desfachatez igual?
Querer convalidar el pecado con la humildad. No hay límites. Y por eso, ante este último recurso que los liberales consideran inaceptable, el progresismo responde con todo. Increíble, incomprensible, inaudito: así se califica al que se atreve a pedir perdón.
Pedir sinceramente perdón es la altura máxima, el récord mundial de la autoexigencia moral. Y eso -lo declaran ellos mismos- está muy lejos de lo que resulta aceptable para un progresista.
Bien lo sabía Bloy: "Los burgueses son demasiado adorables para no convertirse ellos mismos en dioses; a quienes les corresponde pedir es a ellos, sólo a ellos". Es la diferencia entre, por una parte, los que saben que pueden pecar y cuando lo hacen piden perdón y, por otra, los que, pecando, sólo atinan a reírse primero, para enojarse después.
Junto a todos los males padecidos, seguro que esa diferencia será percibida como un gran bien.

POLITICA: "Un joven de 17, ¿sabe lo que hace?", por Hernán Corral. La Segunda, 12 de abril de 2011.

El cardenal Medina ha aclarado que, cuando sostuvo que un muchacho de 17 años “sabe lo que está haciendo”, no tuvo intención de minimizar los graves abusos del sacerdote Karadima condenados por el Vaticano. Hay que recordar, en efecto, que la sentencia vaticana no sólo lo sancionó por abuso de menores, sino también por delito contra el sexto precepto del Decálogo (no fornicar) cometido con violencia y por abuso de ministerio (donde parece incluirse un ejercicio ilícito de la dirección espiritual y de la confesión).

En cualquier caso, extraña que hayan guardado significativo silencio personas e instituciones a las cuales la frase de Medina debería haber suscitado no sólo adhesión, sino aplauso.

No ha salido a defender la idea ninguno de los líderes del progresismo y de las organizaciones pro libertad sexual (por ejemplo, el Movilh) que públicamente han dicho que los adolescentes deben ser autónomos para decidir sobre su sexualidad. Estas personas y organizaciones apoyaron el requerimiento para que el Art. 365 del Código Penal fuera declarado inconstitucional, por el hecho de penalizar la sodomía consentida con menores de 18 años. Se alegó que para las relaciones homosexuales debía considerarse como edad suficiente la misma que la ley fija para las heterosexuales; es decir, 14 años. La mayoría del Tribunal rechazó el recurso (sentencia de 4 de enero de 2011), pero hubo tres connotados ministros (Viera-Gallo, Carmona y Vodanovic) que votaron a favor de los 14 años. Por cierto, el Movilh y el progresismo liberal lamentaron la decisión de la mayoría, aunque reivindicaron como conquista que el Tribunal excluyera del tipo penal las relaciones lésbicas, que serían lícitas a contar de los catorce.

Hay que agregar que la idea de la autonomía sexual de los adolescentes ha ido imponiéndose en otras esferas. La Ley de Fertilidad, Nº 20.418, propiciada con entusiasmo por el gobierno de Michelle Bachelet, dispuso expresamente que los jóvenes menores de edad pueden pedir que se les proporcionen anticonceptivos de emergencia (en lo que los parlamentarios entendieron incluir la píldora del día después) sin necesidad de autorización o consulta previa de sus padres. Más aún: noticias de prensa han informado que, con motivo del proyecto de ley de derecho de los pacientes, la Comisión de Salud del Senado pretende en estos días ampliar este criterio a todas las cuestiones relativas a la salud reproductiva de los muchachos y muchachas.

Por si lo anterior no bastase, existe también en el Congreso un proyecto de ley que propone derogar el Art. 365 del Código Penal, para permitir que los jóvenes menores de 18 puedan mantener relaciones homosexuales con personas mayores sin que estos sean criminalizados (Boletín 6685-07). El proyecto es patrocinado por un grupo de diputados, entre los que se encuentran figuras como Fulvio Rossi y María Antonieta Saa.

Sería sano para el debate público que estas personas e instituciones aclararan si siguen manteniendo la conveniencia de reducir la edad del consentimiento para opciones de vida sexual como las relaciones homosexuales. Si así fuera, deberían explicar por qué les escandaliza tanto que se afirme que un joven de 17 años, en este tipo de decisiones, sabe lo que hace.

viernes, 28 de enero de 2011

POLÍTICA: "Muchos ensayos han resultado mal", por Carlos Larrain Peña. El Mercurio, 26 de enero de 2011.

En varios artículos escritos por quienes representan la postura llamada liberal, parece entenderse que lo medular es la exaltación y protección del mágico instante de la decisión individual libre de cualquier referencia externa, sea cultural o religiosa, y aun, también, de la aplicación de la razón práctica porque, ¿cómo funciona la razón sin la ponderación de alguna categoría o principio de acción?
La decisión individual perfectamente satisfactoria en la propuesta liberal siempre se da en el vacío completo. No está claro si la noción de conciencia personal quepa en el horizonte de estos liberales, y si lo hace es sólo como el último refugio del relativismo: "yo y mis circunstancias".
Sorprende el esfuerzo notable que ponen algunos en probar que los liberales tienen siempre la razón; es decir, andan de la mano con "la verdad" a través de la historia. Y es notable, porque si se aplica el método del ensayo y error preferido por esa corriente, se comprueba que muchos ensayos han resultado mal.
Veamos un ejemplo:
El capitalismo, en especial su versión siglo XIX, es considerado paradigma liberal. Efectivamente, mueve energías y crea riqueza, pero capas completas de la humanidad quedan rezagadas, mientras que los elementos tradicionales de la cultura comunitaria ya no operan para proteger a los "quedados" que no saben o no pueden subirse al carro del éxito mercadista.
Constatando lo anterior, los que siempre rechazan las injerencias externas como condicionantes, en esta coyuntura y con razón, llaman al Estado a compensar desigualdades. ¿Cómo podría un gobierno propiamente liberal hacerlo si acaso para ello deberá recurrir a las nociones del bien común y de la justicia? Ambas suponen una referencia a categorías de aplicación universal, y por ende proscritas de la vida social precisamente por el liberalismo, que declara a ambas nociones como próximas a la metafísica, y por ende dañinas, inhibidoras de la espontaneidad salvaje que Rousseau postulaba.
Se cuenta que el propio Voltaire rechazó esa premisa cuando leyó algo del Emilio, comentando al autor que no había continuado más la lectura por temor a descubrirse a sí mismo en cuatro patas y comiendo hierbas. Como vemos, ni siquiera Voltaire, el venerado campeón del escepticismo, soportaba la simplificación de algunas tesis liberales.
Y mientras este tipo de liberales bogan por una suerte de estado natural aséptico, libre de todo marco de referencia, sorprende su empeño para capturar el aparato estatal, y desde ahí impulsar la inclinación tan común a todos (antes de pasar por alguna forma de educación) de la gratificación individual instantánea.
Ofrezco un abordaje más matizado: todo observador medianamente sensible sabe que la realidad social tiene cosas buenas que es útil cuidar y fomentar, entre ellas la libertad, y otras que deben desalentarse y superarse. Esta es la premisa central del conservantismo.
Necesitamos la ayuda de la cabeza y del corazón. Las ideas quieren a las ideas, incluso a las contrarias, enseñaba Gilson. Una actitud más abierta, sin tanto recurso a las etiquetas, hará posible una mejor discusión y quizás una mejor vida social. Nadie con los ojos despejados puede afirmar con fe ciega que todo está bien y que irá mejor.