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jueves, 13 de octubre de 2011

CHILE: "¿Dónde está Chile?", por Cristián Warnken. El Mercurio, 13 de octubre de 2011.

Chile se encamina a pasos agigantados a una decadencia moral e intelectual de proporciones. No hay gobierno ni oposición a la altura de las circunstancias. Cada cual parece estar actuando por cálculos mezquinos, muy pocos son ya los que despiertan admiración, y nadie parece dar ni la vara ni el ancho. La pobreza de las ideas y la debilidad de las convicciones de nuestra clase dirigente, sumadas al deterioro de la ética en todos los niveles -cada vez más campean la pillería y la avidez sin límites-, pueden convertir a este país que costó tanto fundar en un peladero, en una tierra de nadie, una tierra baldía.
Una república que tuvo a mandatarios, militares y ministros a la altura del general Bulnes, Manuel Montt y Antonio Varas, ejemplos de honestidad, sentido de la impersonalidad del poder y amor genuino por el país y compromiso con lo público, parece hoy tironeada por todos lados por rapiñeros, ambiciosos y vanidosos de poca monta. El sentido de lo "público" parece borrado del mapa. Asistimos al olvido de lo público en todos los niveles. Y el olvido de lo público es el olvido del ser más profundo de Chile.
Lo público es mi barrio con sus plazas y espacios comunes aún no derrotados por la especulación inmobiliaria; las universidades no avasalladas por el pensar calculante; la televisión de todos no entregada a la farándula de las transnacionales. Pero en estos días resuenan los versos del poeta irlandés W. B. Yeats: "Los mejores carecen de toda convicción,/ mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad".
¿En qué momento se rompió la posta con lo mejor de nuestra propia historia? Pareciera que todos, o casi todos, fueron de a poco traicionando una parte de su propia alma para entrar en una vertiginosa carrera por el poder, del poder por el poder. Como si muchos se hubieran dedicado a aprender de memoria a Maquiavelo en estas décadas y hubieran olvidado a Virgilio, a Solón, esos autores que un Andrés Bello, un Amunátegui, un Barros Arana tradujeron y usaron como fermento e inspiración, cuando en Chile había un humanismo fundante, cuando se consultaban como oráculos los versos de Horacio o Cicerón y no los focus-group o las encuestas, cuando gobernaban los estadistas y no los opinólogos.
Todos dicen que la crisis mundial nos va a "pillar bien parados". No lo sé. Un país donde los nuevos becerros de oro parecen ser la pura gestión y el management , pero sin contenidos ni visión, ya no es un país. Será una gran empresa, pero no un país. ¿Acaso el precio del cobre por las nubes nos hizo a la larga mal, como sucedió alguna vez con el salitre? No hay peor mezcla que la de riqueza conseguida con la especulación y no con el trabajo o el emprendimiento, unida a la ignorancia y a la pobreza interior.
¿Qué imagen resume el Chile del siglo XIX? La Universidad de Chile y la Biblioteca Nacional. ¿Qué resume al Chile de estos últimos años? La Polar y la educación entendida como un bien de consumo. ¿Y para eso murieron nuestros héroes? ¿Para eso inventaron mundos nuevos nuestros poetas? ¿Para eso se vinieron a Chile un Domeyko o un Bello, ilustres extranjeros? ¿Por ese Chile sufrió una desgarrada nostalgia en el siglo XVII el exiliado y lúcido Lacunza? Dijo alguna vez Kipling: "Abandonamos la esperanza y el honor,/ estamos perdidos para el amor y la verdad./ Caemos peldaño a peldaño,/ y la medida de nuestro tormento es la de nuestra juventud./ Ayúdanos, Señor, porque conocimos lo peor demasiado jóvenes".
Pero, a pesar de todo, sigo creyendo que Chile es un país extraordinario donde vivir y morir, un país que tiene una luz propia, un país soñado. Un país misterioso y delicado, que hay que cuidar como tesoro y no repartir como botín. Tal vez nos salve nuestra lejanía, esa que nos obligó alguna vez a ser fieles a nuestra propia alma y encontrar nuestras propias medidas, nuestros sagrados límites que nos protegieron de todo fanatismo y desmesura.

martes, 6 de septiembre de 2011

CHILE: ¿Por quién doblan las campanas?, por M. Ester Roblero. El Mercurio, 6 de septiembre de 2011.

Ante el trágico accidente que nos tiene a todos conmovidos, muchas personas y medios de comunicación han constatado la precariedad de las instalaciones del archipiélago Juan Fernández y su necesidad de ayuda. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en las más de 3 mil islas que constituyen ese pedazo del Chile Insular, además de otros 2 mil islotes. Todos ellos juntos suman aproximadamente el 14% de nuestro territorio, pero aunque esa cifra es alta, el dato relevante es que muchas de estas islas están habitadas.
A pesar de ello, en nuestro país no existe un plan estratégico insular ni en salud ni educación o vivienda... Y a eso me refiero con "mis impresiones".
Es impresionante comprobar cómo en Quenac, isla de Chiloé, muchas generaciones han quedado marcadas por un incendio que destruyó gran parte de la isla. No fue posible apagarlo, por falta de medios. En Caguach, como en muchas otras islas, no hay luz eléctrica. Los recursos asignados por la municipalidad para la escuela no alcanzan para comprar combustible para el generador, y son los propios profesores quienes deben aportar de su bolsillo para poder alumbrar la escuela el resto del tiempo. Lo impresionante es que cada cierto tiempo les llega de regalo desde el Ministerio de Educación "material audiovisual interactivo", como si ellos sí tuviesen energía a la mano...
En muchas de nuestras islas de Chile las escuelas no tienen enseñanza media y los niños que quieren seguir estudiando deben irse internos al continente. Pero suele pasar que las niñas son mejores alumnas, o que los niños deben o prefieren quedarse trabajando la tierra o en el mar. Y así la isla queda sin mujeres, los adolescentes se convierten en hombres sin formar pareja, sin verse a sí mismos como futuros padres. Sin luz ni entretención al atardecer. El alcohol se convierte en el pasatiempo. No conozco la tasa de suicidio de jóvenes en las islas del sur, pero sí me ha tocado impresionarme al conocer varios casos, y conversar con los carabineros de la zona, para quienes este drama es demasiado frecuente.
En nuestras islas los profesores y carabineros son vistos en forma diferente por la comunidad. Los carabineros no son los pacos que vienen con el guanaco. Son el cable con el continente, enviados para suplir lo que falta en demasía. Qué decir de médicos y paramédicos. Al igual que ellos, los profesores son héroes, se van "internos" en la semana a las islas, viviendo muchas veces en albergues creados por los lugareños. Y conocen a los niños: saben que en Isla de Pascua los niños se desconcentran más y que en Chiloé son muy tímidos.
Qué decir cuando alguien muere en el mar. Las patrullas de la Armada buscan, y a veces encuentran. Muchas veces encuentran en la isla del frente, otras veces no. He estado en velorios sin cuerpo, donde el llanto desgarrador es doble.
Pero así como todo lo bueno del continente parece no poder cruzar a las islas, lo malo les llega a motor. Tras la quiebra de muchas salmoneras en el sur, la cesantía asoló las islas. Y aquellos que habían confiado en el auge del salmón y se habían embarcado en la compra de buenos colchones y frazadas, o un televisor, con tarjetas de multitiendas, pronto no pudieron pagar, pero las cobranzas y amenazas de embargo les empezaron a llegar como volando, como si no existiera el mar de por medio. Dicom no perdona ni una isla. Y entonces viene la otra tragedia asociada a la falta de leyes: aparecen los buques factory , que operan al margen de toda ley en el mar tras los límites. Jóvenes, incluso niños, parten a trabajar en regímenes infrahumanos, en aguas donde no llega la inspección del trabajo, ni una voz sindical y donde pareciera que la Rerum Novarum es un cuento del siglo pasado.
Eso y más he visto en muchas de nuestras islas. Y junto al sufrimiento, soledad y precariedad, también he visto una reserva moral infranqueable. Y además, como se usa decir hoy, mucho patrimonio material e inmaterial. Porque en las islas, cada campanario es un medio de unión y comunicación, y cada fiesta es la memoria. Un pedazo importante del alma nacional aloja en esas tierras que constituyen lo que dice la cifra: el 14% de Chile.
La tragedia de Juan Fernández nos invita a mirar las islas. Me pregunto cuánto cuesta tener políticas de salud, educación o vivienda para ellas. Pero en el sentido de "estrategias" de esa palabra, y no en el sentido de las campañas electorales o de eventos para la foto.
No puedo dejar de citar, para finalizar esta carta, esos versos maravillosos de John Donne, que Ernest Hemingway eligió para iniciar una de sus novelas más famosas:
"Ningún hombre es una isla, entero en sí mismo; todo hombre es un pedazo del continente, una parte de tierra firme; si el mar se llevara un terrón, Europa perdería un promontorio como si se llevara la casa de sus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; y por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti".

jueves, 25 de noviembre de 2010

CHILE: "El pasado no tiene precio", por Cristián Warnken. El Mercurio, 25 de noviembre de 2010.


Camino por el Parque Forestal, entre los árboles donde se paseaban peripatéticamente los muchachos de la generación del 50, el ágil duende y mago que fue el Chico Molina, Claudio Giaconi, Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, Enrique Lihn y Luis Oyarzún. Hay pocos lugares como este en nuestra ciudad, en los que vivos y muertos cohabiten el mismo espacio mítico y puedan conversar mirándose a la cara. Este barrio existe para recordar que no somos puro presente, que la ciudad es una posta, que los fantasmas de ayer entregan a los fantasmas de hoy, que somos nosotros ahora. Bajo a nuestros hijos de nuestro cómodo ghetto del barrio alto a las calles céntricas, donde uno arriesga el peligro de la aparición de un rostro, de una mirada distinta de la nuestra. Nos detenemos frente a la escultura "Unidos en la gloria y en la muerte", de Rebeca Matte, en el frontis del Museo de Bellas Artes. Comentamos la trágica escena inmortalizada en el metal: Ícaro caído en los brazos de Dédalo, su padre. Lo siento como una metáfora de los peligros de la hybris , la desmesura de un Chile nuevo, legítimamente aspiracional, pero a veces soberbio. Dédalo es el padre republicano, más conservador que el hijo, el que coloca siempre el sentido común y el respeto de los límites para contener al que siente que todo se puede y nada se interpone entre él y el mundo.

Enfilamos por tal vez la calle más bella de nuestro centro: Ismael Valdés Vergara, con sus edificios tocados por la luz, llenos de un espacio y amplitud cada vez más escasos. En esta calle vivió el poeta Julio Barrenechea. Aquí vive Armando Uribe, atrincherado en su soledad irreductible, esperando no la muerte sino la resurrección. Si hay resurrección, tendrá que ser con las araucarias de este parque, con estos árboles y estas estatuas. Con los organilleros y los mimos. Con la fuente donde alguien inscribió estos versos de Darío, tan iluminadores para estos días en que campea la inautenticidad: "Por eso ser sincero es ser potente./ De desnuda que está, brilla la estrella./ El agua dice el alma de la fuente,/ en la voz de cristal que fluye de ella".

De pronto, una imagen apocalíptica nos detiene: un edificio entero de la calle sagrada está en ruinas, como si lo hubiera devastado un terremoto. Las grúas trabajan frenéticamente. No puedo creer lo que veo. Pregunto. Me dicen que alguien compró los departamentos del edificio demolido, se fueron sus antiguos habitantes y se va a construir un hotel. ¿Se puede botar así un pedazo del corazón histórico de la ciudad? ¿Se puede arrancar de cuajo cualquier esquina? Esta esquina nunca volverá a ser la misma, nunca. Siento como si me hubieran arrancado un pedazo de mí mismo. ¿Nadie se opuso? ¿Las autoridades no pensaron que el fantasma de Vicuña Mackenna puede venir a penarles en las noches y a pedirles cuentas, a decirles: "¿Así cuidan mi ciudad mis sucesores, así entregan a la avidez la belleza que nos costó tanto fundar?".

Me imagino el peor de los escenarios: las inmobiliarias apoderándose de todas las calles con valor histórico, departamento por departamento, hasta que los antiguos vecinos dejen el centro y éste se vuelva como el de Los Angeles, en Estados Unidos, un centro fantasmal. Pero poblado no de fantasmas como sí lo están estas cuadras históricas, sino de ausencia. Se me dirá que no hay nada que hacer, que estamos hablando de "propiedad privada". ¿Pero la propiedad privada no tiene límites? ¿Quién protege el espacio común, lo público? Si esta lógica se impone, no quedará nada, y nuestra sociedad será una "sociedad anónima", una sociedad de anónimos sin identidad, sin alma. ¿Quién les pone precio a nuestros queridos fantasmas? ¿Cuánto vale el Chico Molina leyendo versos en la noche? ¿Cuánto vale ese instante preciso en que la luz única de los atardeceres de Santiago ilumina esta calle cargada de leyenda y nos arroba? ¿Cuánto vale, y a quién le importa?

viernes, 5 de noviembre de 2010

CHILE: "Me voy de Chile". El Mercurio, 5 de noviembre de 2010.

Me voy de Chile. Me amparo en el inalienable derecho que me da ese hermoso verso de nuestro Himno Nacional: "El asilo contra la opresión". Me voy del Chile donde la palabra empeñada no vale nada, a pesar de que mi viejo y muchos viejos de la ingenua y antigua república nos enseñaron a sostenerla contra viento y marea, incluso en las peores tempestades. Me voy del Chile donde la lógica de la pasión por el poder está por sobre el amor al bien común. Me voy del Chile donde la expresión "hacer las cosas bien" alguna vez significó algo, pero ahora es sólo una muletilla para sacar del camino a los que de verdad hacen las cosas bien. Me voy del Chile donde su gente, la gente anónima, los hinchas, los militantes de base, los que sostienen con su lealtad y pasión las grandes empresas y los grandes actos y épicas, son sólo un adorno, un dígito, para focus groups o encuestas o elecciones (cuando votan), pero que no valen nada cuando se toman las grandes decisiones.

Me voy del Chile que no soporta la grandeza, el talento, la genialidad, el vuelo propio, todo lo que se eleva sobre la línea media de reverberación del pantano local; el Chile del resentimiento, el que mató arteramente a Portales, el que jodió a Andrés Bello, el que se farreó a Mayne-Nicholls y a Bielsa.

Me voy del Chile de las cúpulas, las alianzas sagradas y abstractas, el lobby , las relaciones públicas, la imagen, la comunicología, las "cosas nostras", el Chile donde campea el "parecer" sobre el "ser".

¿Pero adónde y cómo me voy de este país que amo, donde nací y quiero morir?

¿Qué hacemos los chilenos, los chilenos náufragos de derecha, centro o izquierda, creyentes o agnósticos, liberales o conservadores, los trabajadores o empresarios, los estatistas o libremercadistas; los hinchas de la Católica, la Chile o el Colo Colo, el Audax o Santiago Wanderers, que, transversalmente, por encima de diferencias ideológicas o creencias o camisetas sienten que el hacer las cosas bien significa también hacer el bien y de buena manera, sacrificando los intereses individuales o corporativos por un objetivo superior y más noble que cualquier defensa de mezquinos intereses y pequeñas parcelas?

No hay adónde irse ni asilarse. Pero sí hay que irse del Chile maquiavélico y cada vez más cínico, hay que hacer que ese Chile muera adentro de cada uno de nosotros, para que así pueda nacer o renacer otro Chile mejor que éste que estamos viendo con estupor, decepción y tristeza. Un Chile noble, un Chile con modelos a seguir y no con máscaras, un Chile que sale a la cancha a ganar el único partido que no podemos darnos el lujo de perder por autogoles olímpicos: el partido en que se juegan juntos la calidad, la decencia y la nobleza.

Por eso me voy de Chile y me quedo en Chile. Me quedo donde duele. Me quedo en la galucha, en la pichanga de barrio, en los clubes chicos, en la radio a pilas en que una voz muy potente nos invita a no arriar la bandera ante el enemigo por esta infame derrota. Me autoexilio en la segunda división, en la tercera, en la cuarta, en las profundidades todavía puras de las canchas ninguneadas. Me voy con Bielsa, me voy con Mayne-Nicholls, me voy con ellos para que el Chile de verdad vuelva.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

CHILE: "Virtudes: tristemente ausentes". El Mercurio, 22 de septiembre de 2010.

Durante la esplendorosa revista naval, un oficial de la Armada dijo al aire: "Los marinos siempre hacemos prácticas y entrenamos mucho, para que las cosas salgan perfectas".

La capacidad de cultivar la virtud ciertamente también ha estado presente en notables figuras civiles de nuestra historia. Es lo que se percibe en la biografía "Yo, Montt", dedicada a don Manuel y bien escrita por Cristóbal García-Huidobro. Y al estudiar a Manuel José Yrarrázaval, aparecía lo mismo: si quieres construir un Chile mejor, tienes que partir por mejorarte a ti mismo.

Pero en los análisis del Bicentenario -decenas de columnas, entrevistas, reportajes y encuestas- la gran ausente es la virtud. Se habla de leyes, de instituciones, de valores; pero no es lo mismo. Sin duda, las leyes favorecen o deterioran las instituciones. Y éstas son justamente los ámbitos en que puede desarrollarse la virtud. Pero un contrato no es la lealtad, aunque la posibilite; una agrupación musical no es la paciencia, aunque la facilite. Y, a su vez, los valores parecen más bien elecciones sobre lo cuantitativo y externo, que decisiones sobre lo personal e íntimo.

¿Huevo o gallina? Da igual: no hay instituciones sin virtudes, ni hay vida virtuosa fuera de lo institucional. No habrá Chile sin buenos comportamientos personales; habrá congreso y Presidencia y tribunales y universidades, pero no llegará a plasmarse un gran proyecto nacional si no es por la sumatoria de nuestros buenos hábitos.

En torno al Centenario, Valdés Canje y Encina -después, Huidobro- se quejaron tristemente de nuestra carencia de hábitos buenos. San Alberto Hurtado y Gabriela Mistral se esforzaron también por señalarnos derroteros virtuosos. Pero, a pesar de todo eso, hoy vivimos en el minimalismo ético: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Ciertamente gozan de gran prestigio la justicia, la tolerancia y la solidaridad. Bien por ellas, porque podrían servir de pivotes para recuperar otros comportamientos que son desconocidos o despreciados.

Porque el empresario que paga salarios justos, pero que no es leal, ni transparente, ni puntual, deteriora su ambiente laboral; y la empleada que acepta tolerantemente las más variadas opiniones, pero que es infiel en su matrimonio o dilapidadora en sus gastos, daña a sus más cercanos; y el alumno universitario que construye mucho, si se destruye a sí mismo en la ingesta alcohólica desenfrenada o en la práctica sexual desordenada, fractura su compromiso y lo terminará abandonando.

Más de 12 millones de chilenos tenemos capacidad libre de ser virtuosos. O sea, cada día se realizan en el país cientos de millones de actos que expresan el bien o el mal. No se busque otra realidad más evidente, numerosa y decisiva: no la hay.

Pero los liberales nos dicen que la autonomía personal es lo único que cuenta. Algo así como: "Todo lo que hagas sin que afecte a otros, vale por sí mismo, como expresión de tu soberanía". Ese supuesto no existe. Todo acto personal afecta a los demás: a los más próximos, a un segundo círculo y, finalmente, a Chile entero.

Un pensamiento, por solitario que sea, tendrá consecuencias perceptibles a corto plazo. ¿Tienes rencor? Se notará poco después en tu modo de tratar. ¿Estás con lata? Se apreciará sin duda en tus próximas acciones. ¿Anidas egoísmo? Ciertamente no participarás sino en lo que te produzca placer.

La virtud se enseña, se forma. Tampoco cabe duda alguna de que en esa dimensión hay en Chile una grave desigualdad en los ingresos, porque muchos son injustamente privados de esa imprescindible alimentación. Es grave, porque ahí se juegan los próximos 100 años.

martes, 24 de agosto de 2010

CHILE: "Universidades al servicio del país", por Gaston Soublette. Carta a "El Mercurio", 24 de agosto de 2010.

Refiérome a la carta de la ex ministra de Educación señora Mónica Jiménez publicada en su edición del 20 de agosto.

Entiendo lo que se quiere decir c

on eso del "servicio al país"; lo que echo de menos es una concepción más formativa de la educación y menos instrumentalizada del individuo. Dado lo que el mundo ha llegado a ser en esta era financiera y tecnológica, no siempre eso que llamamos "servicio al país" resulta ser un real servicio al hombre. Porque lo que llamamos país es, de hecho, un sistema, y servirlo no s

upone

necesariamente que con eso los individuos que integran la nación reciban de la educación lo que realmente necesitan para ser hombres cabales y vivir dignamente. Desigualdades vergonzosas, inconsciencia, confusión y crisis moral son hechos reales que ponen el dedo en la llaga.

En la educación debe haber una instancia previa que concierne al hombre en sí mismo, base del desarrollo psíquico individual, orientada hacia la virtud, el conocimiento, el dominio y el don de sí mismo. Sin esa base, no hay garantía de que un hombre, por ser un profesional de alto nivel, sea un ciudadano éticamente confiable capaz de servir a la comunidad como es debido.

En la atmósfera materialista que respiramos todos (cual más, cual menos) puede pensarse que este problema es irrelevante ante los desafíos científicos y tecnológicos actuales. Al respecto, el ejemplo del hombre más inteligente del siglo XX, Albert Einstein, es elocuente. Él planteó las bases teóricas para la fabricación de armas de destrucción masiva y recomendó al gobierno de EE.UU. usarlas contra Alemania y Japón. Después de la tragedia de Hiroshima, Einstein hizo un mea culpa dramático, y declaró al mundo que él no era un sabio, sino que el verdadero sabio era el Mahatma Gandhi, porque él sí conocía a los hombres...

Eso es lo que puede ocurrir cuando progresamos científica y tecnológicamente pero sin sabiduría, vale decir, que terminemos olvidando qué es el hombre. Servir al país, debiendo ser lo mismo que servir a los hombres, por desgracia, y en buena medida, suele no serlo. Por eso deviene una frase cliché que oculta al país real que tenemos.

CHILE: "El rescate de la patria", por Christian Warnken. El Mercurio, 24 de agosto de 2010.

Todo ha ido derrumbándose alrededor nuestro en estos años (instituciones, convicciones, la república tal como la conocimos), pero el último derrumbe nos trajo una sorpresa inesperada, impensada...La tierra habló el 27 de febrero. Ahora es el hombre el que habla desde el fondo de la tierra. Y habla desde el desierto, el desierto que empezaba a crecer en nuestra propia alma. La mirada de esos mineros a la cámara-sonda y la luz de sus linternas tienen el efecto de un relámpago. Un relámpago en la noche. Porque hemos estado sumergidos en una noche sin darnos cuenta. La noche de un país que ha renegado de su luz propia para copiar y encandilarse con la luz de los reflectores, las cámaras, la farándula, el evento, el reality , etcétera.Ante estos 33 hombres sumergidos en la tierra, todo reality , todo "evento" palidece y se desintegra ante un "acontecimiento". La realidad -con su consistencia de piedra y mineral- desaloja el simulacro.

Es la verdad, la verdad de nuestra radical precariedad y abismo la que ahora brilla, y brilla sumergida, como un mineral de alta ley, puro, tenaz y deslumbrante.

La luz de estos mineros nos ciega como la luz de la caverna del filósofo griego. Como si no pudiéramos verla de frente, tanta es su potencia enceguecedora. Ahora estamos ciegos. Ciegos por la luz de 33 pequeñas linternas. Y debemos seguir ciegos todo lo que sea necesario, para volver a ver.

¿Y qué vamos a ver? Nuestra desnuda esencia, nuestra verdad más honda, nuestra belleza, nuestra esperanza tanto tiempo sepultada por la mentira.

Estos 33 chilenos son los héroes de una hazaña épica interior. Porque ésa es la batalla que hay que librar ahora: hacia adentro. Y hay que "resistir". Resistir en el sentido radical que una vez señaló el poeta Rilke. Resistir a los cantos de sirena de superficie, resistir a todo lo que nos aleje de nuestro propio centro, y nos extravíe. Porque de tanto alejarnos de nuestro centro, habíamos perdido contacto con la torre de control. Pero alguien nos ha llamado desde la pura piedra. No un e-mail, no un mensaje de texto: 33 caracteres escritos con la propia sangre.

Los mineros no están en un Infierno: somos nosotros los que estamos en él. El Infierno del sinsentido, de la falta de verdad y autenticidad. Ellos son nuestros Orfeos. Orfeo sacó a su amada Eurídice del Hades, el país subterráneo de la muerte. Ellos, con sus mensajes y sus lámparas, van a sacar a Chile de su extravío. Ellos son nuestros rescatistas.

Hasta ahora teníamos un Bicentenario de cartón piedra, de fachada. Ahora, en esta espera, nos preparamos para nacer de nuevo. Es una espera de un largo parto. Es la tierra que va a dar a luz a 33 hombres. Pero en realidad somos nosotros los que vamos a nacer, porque estábamos dormidos y muertos. No bastó un terremoto para despertar. Necesitábamos un Gran Mito para agruparnos alrededor de él: y ésta no es una "noticia" más, sino un Mito nacido del inconsciente del pueblo chileno. Como si la república quisiera nacer de nuevo, como si estos 33 mineros fueran sus hijos pródigos a punto de regresar. Y mientras no regresen, Chile no existe todavía.

Habrá entonces que dejar hablar de Bicentenario: habrá que hablar del nacimiento de una patria nueva, una patria en gestación que se está incubando al interior de nuestras propias entrañas y alma. Una patria que gestaremos entre todos en estos cuatro meses de rescate, de rescate de nuestra propia esencia perdida.

Una patria más pobre pero más rica, cuyos diamantes son los ojos de los más pobres. Una patria que quiere florecer (como desierto florido) con dolores de parto. Una patria de lámparas de minero y miradas limpias.