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viernes, 23 de marzo de 2012

RELIGIÓN: Libro de la Sabiduría, 2,1a.12-22.

Ellos se dicen entre sí, razonando equivocadamente: "Breve y triste es nuestra vida, no hay remedio cuando el hombre llega a su fin ni se sabe de nadie que haya vuelto del Abismo.
Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida.
El se gloría de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor.
Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable,
porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes.
Nos considera como algo viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. El proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por padre a Dios.
Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final.
Porque si el justo es hijo de Dios, él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos.
Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia.
Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará".
Así razonan ellos, pero se equivocan, porque su malicia los ha enceguecido.
No conocen los secretos de Dios, no esperan retribución por la santidad, ni valoran la recompensa de las almas puras.

domingo, 1 de mayo de 2011

RELIGION: Acerca de los niños, por Juan Pablo II, 13 de mayo de 1988.

Los niños aprenden a obrar imitando lo que ven hacer a sus semejantes. Por eso aprenderán de ustedes a ser fuertes, trabajadores, sobrios, alegres y piadosos; ciudadanos rectos y cristianos ejemplares.

RELIGION: Acerca de los niños, por Juan Pablo II, 8 de diciembre de 2003.

"Convertirse" en pequeño y "acoger" a los pequeños, son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo.

RELIGION: Acerca de los niños, por Juan Pablo II, 8 de diciembre de 1995.

Una infancia serena permitirá a los niños mirar con confianza la vida y el mañana. ¡Ay de los que apagan en ellos el espíritu gozoso de la esperanza!

RELIGION: Acerca de los niños, por Juan Pablo II, 8 de diciembre de 1995.

Hacerse pequeño, antes de ser una exigencia moral, es una dimensión del misterio de la Encarnación.

Es sobre todo en casa, donde antes incluso de cualquier palabra, los pequeños deben experimentar, en el amor que los rodea, el amor de Dios por ellos.

RELIGION: Acerca de los niños, por Juan Pablo II, 14 de junio de 1979.

¡Amad a vuestros niños, respetadlos, edificadlos! ¡Sed dignos de su inocencia y del misterio encerrado en su alma, creada directamente por Dios!

¡Los niños tienen necesidad de amor, delicadeza, buen ejemplo, madurez. ¡No los desatendáis! ¡No los traicionéis!

miércoles, 13 de abril de 2011

RELIGION: "La Iglesia: del dolor a la esperanza", por Fernando Chomalí. 8 de marzo de 2011.

El don del sacerdocio nos lleva a decir una y otra vez: no hay espacio para los que dañan. No hay espacio, y quien lo haga tendrá que responder ante Dios y la justicia. Por eso duele cuando se gozan de nuestra herida.


La herida que sufre la Iglesia es inmensa. Frente a los hechos que hemos ido conociendo, algunos católicos se manifiestan muy decepcionados. No pocos experimentan verdaderas crisis de fe. Otros han ido perdiendo la esperanza. Y no es para menos. Es grave, gravísimo, que un sacerdote abuse de un menor.

Preguntas que tal vez nunca nos hicimos aparecen ahora con fuerza y corroen el alma. ¿En quién podremos confiar? ¿Será cierto que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo? ¿Será cierta su enseñanza? ¿Hemos de creer en la palabra de nuestros pastores? ¿Tuvo sentido haber creído en la Iglesia, haberse educado en su interior y dársela a las futuras generaciones?

Son preguntas que están en el corazón y en la mente de varias personas. Es esta la hora en que debemos responderlas, pero con inteligencia y sabiduría para tener claridad en nuestro pensamiento y no dejarnos llevar por la rabia, el reproche, la descalificación fácil ni el pesimismo estéril. Además, necesitamos humildad para reconocer nuestros errores en el modo de tratar casos de esta gravedad. Y decisión para evitar que esto vuelva a ocurrir, tratando de reparar la dignidad ofendida de hermanos nuestros. También necesitamos desde nuestra herida realizar una reflexión como creyentes que fortalezca nuestra fe y nos impulse hacia la esperanza, aquella esperanza en aquel en quien hemos puesto toda nuestra esperanza: Jesucristo.

Cómo quisiera que todos los católicos fuéramos verdaderos discípulos de Jesucristo y lo siguiéramos en pobreza, castidad perfecta como la del Señor y, de modo especial, los consagrados y consagradas, sacerdotes, obispos y religiosas.

Cómo quisiera que ninguno de los abusos se hubiese cometido, y menos de parte de quienes tienen la misión de dar a conocer a Cristo, quien enseñó que quien recibe a un pequeño en su nombre a El lo recibe, y advirtió severamente que al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar (Mt. 18,5). Cómo quisiera que estos hechos fueran sólo una pesadilla y pudiéramos seguir gozando de nuestra pertenencia a la Iglesia como un gran regalo y no tuviésemos que dar explicaciones respecto de ella.

Pero la realidad es otra y ello nos golpea profundamente. La primera pregunta que me surge es la siguiente: ¿ha de extrañarnos que en medio de mil doscientos millones de católicos, cinco mil obispos, cuatrocientos mil sacerdotes, seiscientas cincuenta mil religiosas y ciento veinte mil seminaristas haya algunos que no estén a la altura del don recibido en razón de su humana debilidad, condición de pecador o de alguna patología severa? Basta mirar el grupo de los primeros doce apóstoles para darse cuenta de que no nos debe extrañar. ¿Acaso no fue la traición al Señor el pecado más grave, que además se hizo a cambio de algunas monedas, lo que paradójicamente nos valió la manifestación plena del amor de Dios en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo? ¿Acaso nuestra Iglesia no quedó cimentada en Pedro, quien lo negó tres veces? ¡Y la iglesia ya lleva dos mil años!

Cada vez que hay un abuso al interior de la Iglesia, la cruz de Cristo aparece en todo su dramatismo, como si fuera ayer. Pero de igual manera, y con la misma fuerza, se manifiesta día a día, minuto a minuto, la resurrección del Señor cada vez que un matrimonio se declara amor, cada vez que despunta una nueva vida, cada vez que alguien visita a un preso o a un enfermo, cada vez que en el silencio rezamos por nuestros amigos y enemigos; en definitiva, cada vez que florece la vida y aparece una sonrisa; cada vez que un gesto solidario saca a un joven de la pobreza, cada vez que un joven ingresa al seminario o a la vida religiosa.

Sí, hoy, cada vez que despunta el día, Dios nos sigue asombrando con su presencia y su amor.

¿No será que la desazón que experimentamos se debe también a que olvidamos de la grandeza de Dios y la fuimos sustituyendo por la pequeñez de hombres de carne y hueso a quienes endiosamos? Endiosar a los sacerdotes siempre termina haciendo un daño inmenso a ellos y a la comunidad.

La presencia de hechos tan graves y tristes nos piden volver la mirada sólo a Dios, porque de lo contrario es fácil desilusionarse. ¿Acaso no nos recuerda San Pablo, como se lo planteó a la comunidad de Corinto, que llevamos un tesoro en vasijas de barro? Y que ese tesoro, Jesucristo, actúa, incluso hace milagros, con esas vasijas de barro que somos cada uno de nosotros. ¿No es acaso un milagro todo lo que ha hecho en estos 2000 años de historia? Incluso, a pesar nuestro. ¿No es acaso un verdadero milagro que, a pesar de nuestra pequeñez, flaqueza y debilidades, siga operando? Ese es el milagro. La Iglesia la construye Jesús no sólo a pesar del barro, sino que con el barro, para que así nadie se gloríe de su propia obra sino sólo de la de El, el Salvador. Por eso resuenan hoy, en medio de este drama que nos parte el alma, con más fuerza las palabras de Pedro: Señor, ¿dónde iremos si sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Hijo de Dios? (Jn. 6,68).

Sin Jesús nada podemos hacer. Es hora de poner la confianza en El, de mirarlo a El, porque si los hombres nos decepcionan, no nos va a decepcionar Dios. Dios no nos va abandonar aunque la barca de Pedro se mueva por los pecados de los hombres y tengamos la sensación de que está dormido en la proa, o de que no pescamos cuando navegamos mar adentro y echamos las redes. Si nuestra Iglesia está edificada sobre roca dura, aunque vengan los vientos huracanados, las tormentas y los torrentes, el edificio se mantiene firme porque no es obra humana, no es fruto de estrategias políticas ni de marketing, sino que es obra de Dios mismo.

Hoy, con San Pablo (Rom. 8,35) repetimos que nada, absolutamente nada, ni siquiera la muerte y el pecado, nos va a separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Ahí radican nuestra esperanza, nuestra fortaleza, nuestra alegría y nuestro futuro. Ahí radican el interés irrenunciable a la verdad, a la justicia respecto de quienes fueron dañados y, sobre todo, la voluntad de pedir perdón con humildad por el mal causado, así como de darlo y recomenzar de nuevo.

Permítanme ir más lejos en estos días aciagos. Miremos la cruz. ¿Qué vemos? Vemos al justo, al santo, al inocente, al que pasó haciendo el bien crucificado. El fue traicionado y su vida, mirando la cruz, es un fracaso. Da la impresión que ganaron el pecado y la injusticia, pero ese fracaso era sólo en apariencia, puesto que terminó siendo la manifestación más grande de su amor al decirnos que los muertos resucitan.

Esperemos la acción de Dios, que es capaz de sacar bien del mal. ¿Acaso no nos dice San Pablo que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia?

Al interior de mi Iglesia herida –como nos lo recordara Benedicto XVI– por el pecado de algunos de sus ministros, he recibido manifestaciones de aprecio sincero por ser sacerdote. Esa experiencia la hemos vivido muchos. Las personas intuyen el valor del sacerdocio y nos conocen en la vida real. Creo que esa muestra de cariño es, al mismo tiempo, la búsqueda de respuestas a preguntas muy profundas. Sí, he visto a muchos que con su mirada y apoyo nos están diciendo: perseveren, ¿quién rezará por nosotros?

Perseveren, ¿quién nos consolará en el momento de la aflicción?

Perseveren, ¿quién nos perdonará en nombre del mismo Dios?

Perseveren, ¿quién nos recordará que cada hijo es una bendición en medio de 50 millones de abortos al año considerados como signo de desarrollo?

Perseveren, ¿quién nos bendecirá?

Perseveren, ¿quién nos hablará del amor de Dios?

Perseveren, ¿quién le dará sepultura a nuestros difuntos y nos dirá que resucitarán?

Perseveren, ¿quién nos ayudará a encontrarle sentido a la vida a la luz de Cristo, que es el camino, la verdad y la vida?

Perseveren, ¿quién nos ayudará a educar a nuestros hijos?

Perseveren, ¿qué haríamos los domingos sin la misa?

Perseveren. En medio de tanto egoísmo, individualismo e indiferencia, ¿quién nos recordará que los pobres no pueden esperar y quién nos animará a ser justos y solidarios?

Perseveren, ¿quién nos recordará que hay presos, enfermos y afligidos por visitar y consolar?

Perseveren, ¿quién nos dirá en medio de tanta ostentación que la sencillez de vida es un valor?

El don del sacerdocio nos lleva a decir una y otra vez: no hay espacio en el sacerdocio para los que dañan a los jóvenes. No hay espacio, y quien lo haga tendrá que responder ante Dios y la justicia. Es un crimen horrendo a los ojos de Dios y el daño que produce es inmenso.

Por eso duele cuando se gozan de nuestra herida. En un programa radial se comentaba que el caso de las acusaciones en contra del presbítero Fernando Karadima estaba “entretenido”. Es una crueldad encontrar “entretenido” el drama de quienes fueron objeto de abusos y de sus familias y que merecen todo nuestro respeto y apoyo, así como el drama de una persona denunciada y que ha sido declarado culpable y sancionado por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con las heridas de una comunidad no se juega, y no son motivo de entretención, sino que de oración y de preguntarse qué hemos de hacer para que nada de aquello vuelva a ocurrir. Nunca más. Con el dolor no se juega, con el drama de una comunidad no se juega. Es fundamental conocer la verdad. Es importante, a partir de ella, hacer justicia y reparar a las víctimas, pero con caridad. La justicia sí, pero en la verdad. Y nunca perder la esperanza de la posibilidad de perdón, de misericordia y de reconciliación. No es lícito convertir en leña el árbol caído.

San Pablo dice que la gracia de Dios nos basta. Pongamos en El nuestra confianza y pidámosle que no nos deje caer en el desánimo y la desesperanza, sino que nos ayude a fortalecer con mayor intensidad nuestra fe en El.

Es la hora de trabajar con más intensidad para que la viña del Señor sea el lugar donde resplandezcan el amor de Cristo y su santidad. Este tiempo de purificación, en que pedimos perdón por el daño que algunos han causado; es también el tiempo de valorar y agradecer todo cuanto nos ha dado Dios a través de su Iglesia; la que, a pesar de frágiles hombres y mujeres que se consagraron a El, ha hecho una obra maestra que brilla con su luz don de hay oscuridad, con su esperanza donde hay desesperanza, con la verdad donde hay mentira, con la caridad donde hay odio. Ello se vive en nuestros colegios y parroquias y no me equivoco cuando afirmo que no hay lugares más seguros que éstos para los jóvenes. No los hay.

jueves, 7 de abril de 2011

RELIGIÓN: "La Iglesia en dificultad", por Gastón Soublette. El Mercurio, 7 de abril de 2011.

He sido profesor universitario durante cuarenta años. En esas cuatro décadas he sondeado reiteradamente a mis alumnos sobre materia de fe, y el sondeo ha sido desastroso por decir lo menos. La mayor parte de ellos venía de hogares y de colegios católicos y no sabía casi nada sobre Jesucristo y el Evangelio. Eso es más grave que los escándalos recientes por actos reprobables cometidos por algunos sacerdotes.
El cuadro presentado por el testimonio de estos jóvenes durante tanto tiempo induce a formular un diagnóstico en el sentido de que los católicos hemos multiplicado las mediaciones en desmedro del Mediador, hemos proyectado al mundo un discurso más moralizador que evangelizador, con lo cual hemos empañado el maravilloso atractivo de la persona de Cristo y la grandeza del misterio pascual.
Por otra parte, cabe señalar que los trabajos voluntarios y las obras de caridad no cubren toda la razón de ser del Cristianismo, aunque son realizaciones motivadas por una concepción cristiana de la sociedad. Porque el hombre, además de sus necesidades básicas, tiene necesidades psicológicas y espirituales, por eso la falta de una verdadera evangelización puede ser peor que la extrema pobreza.
En relación con esto, puede decirse sin temor a exagerar que los dos libros sobre Jesús de Nazaret escritos recientemente por el Papa Benedicto XVI constituyen la mejor carta pastoral que un pontífice romano puede dirigir a la cristiandad. Creo que él con sus enseñanzas nos está llamando al orden en el sentido de poner a Jesucristo en el centro de todo lo que un cristiano piensa, siente y hace. Como también creo que él no sólo espera que esos libros sean leídos por intelectuales y teólogos, sino que se formen grupos de lectura bajo la dirección de un sacerdote o laico capaz de dar razón del contenido del texto. Sería bueno que eso ocurriera a la manera como los cristianos primitivos leían en comunidad las cartas del apóstol Pablo, porque aunque no se llame Pablo, Benedicto XVI ha pasado de hecho a ser nuestro Pablo, en el siglo XXI de la era que empezó con sus célebres "epístolas".

viernes, 1 de abril de 2011

RELIGION: "Límites de la inteligencia", por Gastón Soublette. El Mercurio, 31 de marzo de 2011.

La columna dominical de Carlos Peña es siempre una pequeña obra maestra de la literatura periodística. Por eso él goza del prestigio de ser uno de los chilenos más inteligentes, habiendo adquirido una especie de infalibilidad laica (en oposición a la infalibilidad del vicario de Cristo). Su última columna sobre el caso Karadima es estremecedora por lo convincente de su argumentación, pero más estremecedora aún por su reflexión sobre la Iglesia, a la cual señala con un dedo acusador, cuya crítica abarca sus dos mil años de existencia.
Ante este caso conviene reflexionar en el sentido de que hay hombres inteligentes y hombres inteligentes... El caso de Carlos Peña nos presenta a un intelectual demasiado consciente de su propia inteligencia, y tanto que está como imposibilitado de ver sus limitaciones. Algo similar a lo que ocurre con el físico inglés Stephen Hawking, quien, siendo un hombre extremadamente inteligente, cuando habla de Dios lo hace tan torpemente que desprestigia a su gremio.
La afirmación de Carlos Peña de que la Iglesia ha durado tanto tiempo porque ha extendido sus "redes" gracias a prácticas como las de Karadima y Errázuriz (perversión y secretismo) constituye un agravio sin precedentes en la historia de Chile, y procede justamente de un intelectual que no ha tenido la sabia humildad de reconocer los límites de su inteligencia y de su cultura.
Lo que Carlos Peña demuestra ignorar es que todas las culturas han nacido de un acontecimiento trascendente que ha tenido el poder de convocar y constituir pueblos y naciones vinculados por lazos espirituales que le han dado sentido a su destino histórico. Con esta premisa se entiende que, mal que le pese a don Carlos, la Iglesia ha sido la matriz de nuestra cultura occidental. Sin ella no existiría esta cultura, la cual fue fundada por un acontecimiento espiritual (el más grande prodigio del universo) que generó un paradigma de cosmovisión cuyos valores no podrán ser abolidos nunca más, aunque puedan ser transgredidos. Eso explica por qué hasta los hombres más perversos que ha habido en la historia, en momentos cruciales de su vida pública se han visto obligados a justificarse ante el mundo en referencia a esos valores (incluidos los del señor Peña).
La Iglesia ha durado tanto tiempo por las mismas razones que han durado milenios el Judaísmo y el Islam, en oposición a las ideologías cuya vida es efímera. Pero ¿qué entienden de eso los opinólogos top de la inteligencia?

viernes, 11 de marzo de 2011

RELIGIÓN: "¿Por qué el Papa escribe sobre Jesús?", por P. Samuel Fernández.

¿Por qué el Papa escribe sobre Jesús? Esta pregunta podría parecer superflua, pero a la luz de la distancia que se advierte entre Jesús y la Iglesia no deja de ser significativo que precisamente quien está a la cabeza de la institución eclesial haga tantos esfuerzos para que muchos hombres y mujeres de hoy «se encuentren con Jesús». Pues promover ese encuentro es el propósito de la segunda parte del libro Jesús de Nazaret , de Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, que ayer fue presentado en Roma, en alemán, español, francés, inglés, portugués, polaco e italiano, y que promete tener un impacto mundial.
El Papa escribe este libro porque está convencido de que Jesús no es una amenaza para la Iglesia, sino su fundamento y su salvación. No se trata de alguien que desde fuera se vale de Jesús para atacar a la Iglesia; por el contrario, es el propio obispo de Roma que no busca acallar, sino difundir y mostrar a Jesús con la máxima frescura a partir de los evangelios. Es cierto que, con todas sus ambigüedades, la comunidad cristiana también oculta a Jesús: tal como nuestro rostro, que revela y a la vez oculta lo que está detrás de nuestra expresión, así también la Iglesia peregrina siempre será inadecuada y a la vez necesaria para transmitir a Jesús, porque por medio de ella, parcial y limitadamente, Jesús en el Espíritu permanece presente en el mundo. Por eso el Papa ha escrito este libro, porque Jesús renueva, critica, purifica y fortalece a la Iglesia. En tiempos turbulentos, Benedicto XVI vuelve a presentar a Jesús, que impulsa la siempre necesaria renovación de la Iglesia.
La necesidad de la Iglesia se expresa también en que el método científico para estudiar los evangelios muestra que es imposible acceder a Jesús sin confiar en la Iglesia, pues la comunidad cristiana redactó, transmitió y otorgó autoridad a los textos del Nuevo Testamento. El espíritu crítico de los últimos siglos ha sobrevalorado «la sospecha» como camino para acceder a un conocimiento seguro; pero, en definitiva, no se puede conocer sin confiar.
Este libro prolonga el primer volumen editado en 2007, y recorre desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección. Período que incluye el episodio del lavado de los pies, la última cena, la oración en el huerto de Getsemaní, el proceso judicial de Jesús ante el Sanedrín y ante Pilato, para concluir con la muerte en la cruz y la resurrección. Estos episodios son abordados desde tres perspectivas complementarias: primero la visión de la historia; luego, la interpretación teológica, y finalmente, las consecuencias para la existencia humana.
El Papa Benedicto XVI aprovecha los datos ofrecidos por la investigación científica de los evangelios, datos que considera indispensables para partir del «Jesús real». De este modo, cada capítulo ofrece una síntesis de los resultados de la investigación histórica, valiéndose de renombrados estudiosos contemporáneos, tanto católicos como evangélicos. Pero la Biblia no es un texto sólo del pasado, y por ello el Papa no se detiene en el dato histórico, sino que, a partir de él, avanza hasta elaborar una interpretación teológica, buscando «leer e interpretar la Escritura con el mismo Espíritu con que fue escrita» ( Dei Verbum 12), partiendo del supuesto de que Dios puede entrar, y que de hecho ha entrado, en nuestra historia humana. Cada detalle histórico, como la disposición de los invitados en una cena o el sentido de una palabra, da pistas para una comprensión teológica más profunda de las palabras y de las acciones de Jesús. Cada gesto y cada palabra son comprendidos en función de nuestra plenitud humana. Por ello, esta profundización teológica conduce a un tercer nivel: el impacto de la teología en la existencia humana. La persona de Jesús implica una novedad en el modo de comprender el mundo, la historia, al hombre y a Dios. Aceptar o rechazar la palabra de Jesús de Nazaret tiene consecuencias decisivas. El sentido que doy a mi vida, a la historia, al amor, al esfuerzo, a la entrega a los demás, a la muerte, etcétera; es decir, la comprensión del misterio de mi propia vida humana depende de mi modo de entender a Jesús, su relación conmigo y su relación con Dios. Por esto, el conocimiento de Jesús no es un conocimiento «neutral», meramente intelectual y externo, sino un conocimiento «comprometedor» que, de algún modo, exige una decisión. Conocer a Jesús implica optar. Por ello, este libro no busca sólo informar, sino más bien transformar la vida.

viernes, 28 de enero de 2011

RELIGION: "Creo en Dios, pero no en la Iglesia", reportaje al teólogo Han Küng. El País, 28 de enero de 2011.

"He sido y soy un miembro fiel de la Iglesia. Creo en Dios y en su Cristo, pero no creoen la Iglesia. Rechazo toda equiparación de la Iglesia con Dios, todo infatuado triunfalismo y todo egoísta confesionalismo". Con esta contundencia se expresa el teólogo Hans Küng a punto de cumplir los 83 años (lo hará en marzo próximo). Ayer, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) celebró la festividad de Tomás de Aquino entregándole el título de doctor honoris causa. Era una deuda que tenía la universidad española con uno de los pensadores cristianos más relevantes del último siglo.

Küng recibió su primer doctorado honorífico a los 34 años en la Universidad de Sant Louis (Misuri, EE UU), y ha ido acumulando desde entonces otra veintena de las más altas distinciones académicas. Ninguna en España. Ayer le honró la UNED a propuesta de su Facultad de Filosofía, subrayando así su gran talla como filósofo pero, también, el que no haya sido una Facultad de Teología la que otorgase la distinción.

Nacido en Sursee (Lucerna, Suiza) el 19 de marzo de 1928, Küng fue definido ayer como "el teólogo más católico" de este tiempo, en el sentido etimológico de la palabra católico (es decir, universal). Lo es por fama, prestigio e influencia, pero también por la difusión de sus obras, que ya suman los 60 títulos, muchos de ellos de más de mil páginas.

Manuel Fraijó, el catedrático de Filosofía de la religión en la UNED y encargado de hacer la laudatio del nuevo doctor, lo subrayó recordando cómo fue recibido en 1974 "uno de sus libros más geniales", Ser Cristiano. "Era -sigue siendo- una obra repleta de información histórica y pasión creyente. Jesús, su historia y su mensaje se acercaron a los hombres y mujeres del siglo XX. Desde él se puede mirar hacia atrás y hacia adelante, hacia Calcedonia y hacia el siglo XXI. El entusiasmo fue generalizado. Sólo disintió una voz: la del magisterio. Los guardianes de la fe parecieron pensar que lo genuinamente cristiano sólo es reconocible en fotografías muy antiguas. Desconfiaron del color, de la innovación, de la chispa, de la originalidad, de la libertad que reflejaba esta obra. Fue, probablemente el libro de teología más leído del siglo XX", dijo.

A Hans Küng lo nombró Juan XXIII teólogo oficial -perito- del concilio Vaticano II cuando aquel apenas había cumplido los 32 años. El carismático Papa había quedado fascinado leyendo la tesis doctoral del joven teólogo, publicada en 1957 con el título La justificación. Doctrina de Karl Barth y una interpretación católica. Küng se atrevía ahí con un tema que, desde los inicios de la reforma de Lutero, había dividido durante siglos a católicos y protestantes, causando guerras y sufrimientos terribles.

Tomando como exponente del pensamiento protestante al gran Karl Barth, el joven teólogo mostraba que incluso en un asunto tan maldito -la justificación- era posible el entendimiento entre las dos grandes confesiones. Cuando Küng viajó poco después a Estados Unidos, invitado a hablar de ese libro y de su relevante papel de perito en el Vaticano II, su fama era tal que fue invitado a un almuerzo privado en la Casa Blanca por el presidente Kennedy.

Como antes con Tomás de Aquino, o los místicos Juan de la Cruz, Teresa de Jesús e, incluso, Giordano Bruno, a Hans Küng su obra le ha costado muchos disgustos con la jerarquía de la Iglesia romana, que llegó a retirarle la licencia para enseñar teología católica. La orden la dio Juan Pablo II y fue ejecutada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI. "Toda nueva verdad nace como herejía, tanto más cuanto más nueva sea", subrayó ayer Fraijó citando al jesuita Teilhard de Chardin, otro castigado por la moderna inquisición.

Pese a todo, Küng no ha dejado de sentirse miembro de la Iglesia. Nunca tuvo la tentación de abandonarla cuando le llovían censuras y críticas. Pero tampoco renunció a decir lo que pensaba, en cada momento, incluso después de haber sido llamado amistosamente por Benedicto XVI a un largo encuentro meses después de haber sido elegido papa. Habían sido colegas en la Universidad de Tubinga (Alemania) y peritos del concilio, ambos a la misma edad, casi unos chavales.

Deslumbrantes por igual, al parecer, Küng y Ratzinger han seguido caminos muy distintos, el primero culminando una obra teológica impresionante, el segundo renunciando a ella por una carrera eclesiástica en el Vaticano que le condujo finalmente al Pontificado.

Ayer recordaba Manuel Fraijó que, poco antes de terminar el concilio, Pablo VI llamó a Küng a su despacho privado y le hizo una "oferta de trabajo" que hubiera podido cambiar su biografía. Lo cuenta con envidiable maestría literaria el mismo Küng en el primer volumen de sus memorias, Libertad conquistada.

Pablo VI le dice: "Cuánto bien podría hacer usted si pusiera sus grandes dotes al servicio de la Iglesia". Küng le responde: "¿Al servicio de la Iglesia? Santidad, yo ya estoy al servicio de la Iglesia". Pero el Papa se refería a la Iglesia específicamente romana. Añadió: "Debe confiar en mí". Respuesta de Küng: "Yo tengo confianza en Su Santidad, pero no en cuantos están en su entorno".

El Papa le sugirió que no sería necesario que estuviese de acuerdo con todo lo que sucede en la curia romana. Bastaría con adaptarse un poco, con practicar una cierta conformidad. "Küng sospecha que una oferta parecida debió de recibir, por aquellas mismas fechas, el otro gran teólogo joven del momento, su compañero Joseph Ratzinger, con resultados de sobra conocidos. No tendría sentido, en este momento, echar a pelear biografías", concluyó el profesor Fraijó.

Küng hace ahora memoria de su larga vida, a punto de terminar un nuevo libro y mientras avanza en la redacción del tercer tomo de memorias. En España acaba de publicar la editorial Trotta Lo que yo creo, donde contesta en 250 páginas hermosísimas a una pregunta que le hacen de continuo los admiradores: "Con toda sinceridad, señor Küng, ¿en qué cree usted personalmente?".

Esta es una de sus conclusiones: "Durante toda una vida de teólogo me he comprometido a favor de la renovación de la Iglesia y la teología católicas, así como en favor del entendimiento entre las Iglesias cristianas. He podido ser testigo de algunos éxitos, sobre todo bajo Juan XXIII y durante el concilio Vaticano II. Pero también he tenido que encarar reveses, en especial bajo los papas posconciliares. Ellos y su aparato curial del poder traicionaron el concilio reformista y pusieron de nuevo en pie, a fin de bloquear cualquier reforma, el sistema romano, antirreformado y antimoderno, propio de la Edad Media, con un colegio episcopal por entero domesticado".