viernes, 5 de noviembre de 2010

CHILE: "Me voy de Chile". El Mercurio, 5 de noviembre de 2010.

Me voy de Chile. Me amparo en el inalienable derecho que me da ese hermoso verso de nuestro Himno Nacional: "El asilo contra la opresión". Me voy del Chile donde la palabra empeñada no vale nada, a pesar de que mi viejo y muchos viejos de la ingenua y antigua república nos enseñaron a sostenerla contra viento y marea, incluso en las peores tempestades. Me voy del Chile donde la lógica de la pasión por el poder está por sobre el amor al bien común. Me voy del Chile donde la expresión "hacer las cosas bien" alguna vez significó algo, pero ahora es sólo una muletilla para sacar del camino a los que de verdad hacen las cosas bien. Me voy del Chile donde su gente, la gente anónima, los hinchas, los militantes de base, los que sostienen con su lealtad y pasión las grandes empresas y los grandes actos y épicas, son sólo un adorno, un dígito, para focus groups o encuestas o elecciones (cuando votan), pero que no valen nada cuando se toman las grandes decisiones.

Me voy del Chile que no soporta la grandeza, el talento, la genialidad, el vuelo propio, todo lo que se eleva sobre la línea media de reverberación del pantano local; el Chile del resentimiento, el que mató arteramente a Portales, el que jodió a Andrés Bello, el que se farreó a Mayne-Nicholls y a Bielsa.

Me voy del Chile de las cúpulas, las alianzas sagradas y abstractas, el lobby , las relaciones públicas, la imagen, la comunicología, las "cosas nostras", el Chile donde campea el "parecer" sobre el "ser".

¿Pero adónde y cómo me voy de este país que amo, donde nací y quiero morir?

¿Qué hacemos los chilenos, los chilenos náufragos de derecha, centro o izquierda, creyentes o agnósticos, liberales o conservadores, los trabajadores o empresarios, los estatistas o libremercadistas; los hinchas de la Católica, la Chile o el Colo Colo, el Audax o Santiago Wanderers, que, transversalmente, por encima de diferencias ideológicas o creencias o camisetas sienten que el hacer las cosas bien significa también hacer el bien y de buena manera, sacrificando los intereses individuales o corporativos por un objetivo superior y más noble que cualquier defensa de mezquinos intereses y pequeñas parcelas?

No hay adónde irse ni asilarse. Pero sí hay que irse del Chile maquiavélico y cada vez más cínico, hay que hacer que ese Chile muera adentro de cada uno de nosotros, para que así pueda nacer o renacer otro Chile mejor que éste que estamos viendo con estupor, decepción y tristeza. Un Chile noble, un Chile con modelos a seguir y no con máscaras, un Chile que sale a la cancha a ganar el único partido que no podemos darnos el lujo de perder por autogoles olímpicos: el partido en que se juegan juntos la calidad, la decencia y la nobleza.

Por eso me voy de Chile y me quedo en Chile. Me quedo donde duele. Me quedo en la galucha, en la pichanga de barrio, en los clubes chicos, en la radio a pilas en que una voz muy potente nos invita a no arriar la bandera ante el enemigo por esta infame derrota. Me autoexilio en la segunda división, en la tercera, en la cuarta, en las profundidades todavía puras de las canchas ninguneadas. Me voy con Bielsa, me voy con Mayne-Nicholls, me voy con ellos para que el Chile de verdad vuelva.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

CHILE: "Virtudes: tristemente ausentes". El Mercurio, 22 de septiembre de 2010.

Durante la esplendorosa revista naval, un oficial de la Armada dijo al aire: "Los marinos siempre hacemos prácticas y entrenamos mucho, para que las cosas salgan perfectas".

La capacidad de cultivar la virtud ciertamente también ha estado presente en notables figuras civiles de nuestra historia. Es lo que se percibe en la biografía "Yo, Montt", dedicada a don Manuel y bien escrita por Cristóbal García-Huidobro. Y al estudiar a Manuel José Yrarrázaval, aparecía lo mismo: si quieres construir un Chile mejor, tienes que partir por mejorarte a ti mismo.

Pero en los análisis del Bicentenario -decenas de columnas, entrevistas, reportajes y encuestas- la gran ausente es la virtud. Se habla de leyes, de instituciones, de valores; pero no es lo mismo. Sin duda, las leyes favorecen o deterioran las instituciones. Y éstas son justamente los ámbitos en que puede desarrollarse la virtud. Pero un contrato no es la lealtad, aunque la posibilite; una agrupación musical no es la paciencia, aunque la facilite. Y, a su vez, los valores parecen más bien elecciones sobre lo cuantitativo y externo, que decisiones sobre lo personal e íntimo.

¿Huevo o gallina? Da igual: no hay instituciones sin virtudes, ni hay vida virtuosa fuera de lo institucional. No habrá Chile sin buenos comportamientos personales; habrá congreso y Presidencia y tribunales y universidades, pero no llegará a plasmarse un gran proyecto nacional si no es por la sumatoria de nuestros buenos hábitos.

En torno al Centenario, Valdés Canje y Encina -después, Huidobro- se quejaron tristemente de nuestra carencia de hábitos buenos. San Alberto Hurtado y Gabriela Mistral se esforzaron también por señalarnos derroteros virtuosos. Pero, a pesar de todo eso, hoy vivimos en el minimalismo ético: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Ciertamente gozan de gran prestigio la justicia, la tolerancia y la solidaridad. Bien por ellas, porque podrían servir de pivotes para recuperar otros comportamientos que son desconocidos o despreciados.

Porque el empresario que paga salarios justos, pero que no es leal, ni transparente, ni puntual, deteriora su ambiente laboral; y la empleada que acepta tolerantemente las más variadas opiniones, pero que es infiel en su matrimonio o dilapidadora en sus gastos, daña a sus más cercanos; y el alumno universitario que construye mucho, si se destruye a sí mismo en la ingesta alcohólica desenfrenada o en la práctica sexual desordenada, fractura su compromiso y lo terminará abandonando.

Más de 12 millones de chilenos tenemos capacidad libre de ser virtuosos. O sea, cada día se realizan en el país cientos de millones de actos que expresan el bien o el mal. No se busque otra realidad más evidente, numerosa y decisiva: no la hay.

Pero los liberales nos dicen que la autonomía personal es lo único que cuenta. Algo así como: "Todo lo que hagas sin que afecte a otros, vale por sí mismo, como expresión de tu soberanía". Ese supuesto no existe. Todo acto personal afecta a los demás: a los más próximos, a un segundo círculo y, finalmente, a Chile entero.

Un pensamiento, por solitario que sea, tendrá consecuencias perceptibles a corto plazo. ¿Tienes rencor? Se notará poco después en tu modo de tratar. ¿Estás con lata? Se apreciará sin duda en tus próximas acciones. ¿Anidas egoísmo? Ciertamente no participarás sino en lo que te produzca placer.

La virtud se enseña, se forma. Tampoco cabe duda alguna de que en esa dimensión hay en Chile una grave desigualdad en los ingresos, porque muchos son injustamente privados de esa imprescindible alimentación. Es grave, porque ahí se juegan los próximos 100 años.

martes, 24 de agosto de 2010

CHILE: "Universidades al servicio del país", por Gaston Soublette. Carta a "El Mercurio", 24 de agosto de 2010.

Refiérome a la carta de la ex ministra de Educación señora Mónica Jiménez publicada en su edición del 20 de agosto.

Entiendo lo que se quiere decir c

on eso del "servicio al país"; lo que echo de menos es una concepción más formativa de la educación y menos instrumentalizada del individuo. Dado lo que el mundo ha llegado a ser en esta era financiera y tecnológica, no siempre eso que llamamos "servicio al país" resulta ser un real servicio al hombre. Porque lo que llamamos país es, de hecho, un sistema, y servirlo no s

upone

necesariamente que con eso los individuos que integran la nación reciban de la educación lo que realmente necesitan para ser hombres cabales y vivir dignamente. Desigualdades vergonzosas, inconsciencia, confusión y crisis moral son hechos reales que ponen el dedo en la llaga.

En la educación debe haber una instancia previa que concierne al hombre en sí mismo, base del desarrollo psíquico individual, orientada hacia la virtud, el conocimiento, el dominio y el don de sí mismo. Sin esa base, no hay garantía de que un hombre, por ser un profesional de alto nivel, sea un ciudadano éticamente confiable capaz de servir a la comunidad como es debido.

En la atmósfera materialista que respiramos todos (cual más, cual menos) puede pensarse que este problema es irrelevante ante los desafíos científicos y tecnológicos actuales. Al respecto, el ejemplo del hombre más inteligente del siglo XX, Albert Einstein, es elocuente. Él planteó las bases teóricas para la fabricación de armas de destrucción masiva y recomendó al gobierno de EE.UU. usarlas contra Alemania y Japón. Después de la tragedia de Hiroshima, Einstein hizo un mea culpa dramático, y declaró al mundo que él no era un sabio, sino que el verdadero sabio era el Mahatma Gandhi, porque él sí conocía a los hombres...

Eso es lo que puede ocurrir cuando progresamos científica y tecnológicamente pero sin sabiduría, vale decir, que terminemos olvidando qué es el hombre. Servir al país, debiendo ser lo mismo que servir a los hombres, por desgracia, y en buena medida, suele no serlo. Por eso deviene una frase cliché que oculta al país real que tenemos.

CHILE: "El rescate de la patria", por Christian Warnken. El Mercurio, 24 de agosto de 2010.

Todo ha ido derrumbándose alrededor nuestro en estos años (instituciones, convicciones, la república tal como la conocimos), pero el último derrumbe nos trajo una sorpresa inesperada, impensada...La tierra habló el 27 de febrero. Ahora es el hombre el que habla desde el fondo de la tierra. Y habla desde el desierto, el desierto que empezaba a crecer en nuestra propia alma. La mirada de esos mineros a la cámara-sonda y la luz de sus linternas tienen el efecto de un relámpago. Un relámpago en la noche. Porque hemos estado sumergidos en una noche sin darnos cuenta. La noche de un país que ha renegado de su luz propia para copiar y encandilarse con la luz de los reflectores, las cámaras, la farándula, el evento, el reality , etcétera.Ante estos 33 hombres sumergidos en la tierra, todo reality , todo "evento" palidece y se desintegra ante un "acontecimiento". La realidad -con su consistencia de piedra y mineral- desaloja el simulacro.

Es la verdad, la verdad de nuestra radical precariedad y abismo la que ahora brilla, y brilla sumergida, como un mineral de alta ley, puro, tenaz y deslumbrante.

La luz de estos mineros nos ciega como la luz de la caverna del filósofo griego. Como si no pudiéramos verla de frente, tanta es su potencia enceguecedora. Ahora estamos ciegos. Ciegos por la luz de 33 pequeñas linternas. Y debemos seguir ciegos todo lo que sea necesario, para volver a ver.

¿Y qué vamos a ver? Nuestra desnuda esencia, nuestra verdad más honda, nuestra belleza, nuestra esperanza tanto tiempo sepultada por la mentira.

Estos 33 chilenos son los héroes de una hazaña épica interior. Porque ésa es la batalla que hay que librar ahora: hacia adentro. Y hay que "resistir". Resistir en el sentido radical que una vez señaló el poeta Rilke. Resistir a los cantos de sirena de superficie, resistir a todo lo que nos aleje de nuestro propio centro, y nos extravíe. Porque de tanto alejarnos de nuestro centro, habíamos perdido contacto con la torre de control. Pero alguien nos ha llamado desde la pura piedra. No un e-mail, no un mensaje de texto: 33 caracteres escritos con la propia sangre.

Los mineros no están en un Infierno: somos nosotros los que estamos en él. El Infierno del sinsentido, de la falta de verdad y autenticidad. Ellos son nuestros Orfeos. Orfeo sacó a su amada Eurídice del Hades, el país subterráneo de la muerte. Ellos, con sus mensajes y sus lámparas, van a sacar a Chile de su extravío. Ellos son nuestros rescatistas.

Hasta ahora teníamos un Bicentenario de cartón piedra, de fachada. Ahora, en esta espera, nos preparamos para nacer de nuevo. Es una espera de un largo parto. Es la tierra que va a dar a luz a 33 hombres. Pero en realidad somos nosotros los que vamos a nacer, porque estábamos dormidos y muertos. No bastó un terremoto para despertar. Necesitábamos un Gran Mito para agruparnos alrededor de él: y ésta no es una "noticia" más, sino un Mito nacido del inconsciente del pueblo chileno. Como si la república quisiera nacer de nuevo, como si estos 33 mineros fueran sus hijos pródigos a punto de regresar. Y mientras no regresen, Chile no existe todavía.

Habrá entonces que dejar hablar de Bicentenario: habrá que hablar del nacimiento de una patria nueva, una patria en gestación que se está incubando al interior de nuestras propias entrañas y alma. Una patria que gestaremos entre todos en estos cuatro meses de rescate, de rescate de nuestra propia esencia perdida.

Una patria más pobre pero más rica, cuyos diamantes son los ojos de los más pobres. Una patria que quiere florecer (como desierto florido) con dolores de parto. Una patria de lámparas de minero y miradas limpias.

viernes, 20 de agosto de 2010

LECTURA: "Canta la hierba" de Doris Lessing.

Mary, una mujer acostumbrada a la vida de ciudad, lleva una vida social en la que se siente muy a gusto. Hasta el momento en que escucha rumores de sus amistades más cercanas respecto a su alta edad y soltería. Entonces, sin haber nunca sentido una vocación personal hacia el matrimonio, cree comprender que debe buscar marido con urgencia. Y lo encuentra en Dick, un hombre completamente diferente a ella, acostumbrado a la vida de campo y que vive allí, rodeado de servidores negros. Lo negro, más allá de la raza misma, pasa a simbolizar en este libro todo lo oculto en el fuero interno de Mary, aquello que ella ha reservado como un secreto e incluso rechazado como algo contrario a lo que desea. Es esta faceta desconocida la que poco a poco, y en contraste con la vida que lleva, comienza a ganar terreno, hasta el punto de hacerle sentir impulsos antes totalmente insospechados, rayanos a la locura. Libro muy bien escrito e interesante. Muy recomendable.

jueves, 8 de julio de 2010

LECTURA: "La familia Cats", por Isak Dinesen.

La familia Cats, es una familia que corriendo el siglo XVIII en Amsterdam, constituye el ejemplo moral para todos los demás ciudadanos. Sus integrantes son y viven en función de ser ejemplos de virtud a los ojos de los otros.
Sin embargo, como condición de que el prestigio de dicha familia se mantenga, siempre uno de sus miembros en vida debe jugar el papel de "oveja negra". Y es que "la virtud no puede existir sin el pecado", según piensan en esta familia.
Por eso, todo se desordena desde el momento en que Jeremías, habiendo caído en el vicio, resuelve finalmente convertirse al bien. Entonces toda la familia se hace consciente de su vulnerabilidad al transformarse en gente común y corriente ante los demás, y se sienten en el deber de lograr a toda costa que el converso regrese a sus antiguas andanzas.
Libro excelente, muy recomendable, y que se presta para profundas reflexiones acerca de la justicia, la misericordia, el bien y el mal.

IDEAS: "Monólogo de un hombre extraviado", por Cristián Warnken. El Mercurio, 8 de julio de 2010.

Ella está pegada a su Blackberry, él a su iPhone. Ella ya no escucha, él ya no mira a los ojos. Les hablo y dicen “sí”, como en trance, pero en realidad están recibiendo un mensaje de otra parte. No. No quise decir de “otra dimensión”, sino de otra u otro que, como ellos, pegados también a sus pantallas portátiles, les escribieron algo que los sacó de “aquí”, de ahora, de este momento único e irrepetible en la historia del universo. Alguien escribió a otra: “Estoy paseando a mi perro”. ¡Qué noticia! O “Te llamo ahora”. ¿Por qué no la llama, simplemente?, ¿por qué tiene que escribir todo el santo día lo que está haciendo o lo que va a hacer en los próximos minutos en su teclado negro? Dicen que Obama no deja de llevar consigo su “Black”. Que todos sus asesores tienen uno. No vaya a ser que a sus guardaespaldas se les ocurra tener también uno: cualquier francotirador podría aprovecharse de la distracción para dispararle al corazón, el corazón de un hombre que es también el corazón de un imperio. ¿Los francotiradores usan Blackberry o iPhone? No sé cuál de los dos prefieren los asesinos en serie, los pedófilos o las abuelas. Conozco una abuela que cuida a sus nietos, pero que en realidad, hay que decirlo, está cuidando su Blackberry, atenta a si alguien le ha escrito algo, lo que sea, mientras el nieto más pequeño está a punto de desbarrancarse de la escaleraElla duerme con el Blackberry prendido, él acaricia su iPhone, desliza sus dedos por la superficie de su nueva amante todo servicio. Tal vez sueñan con mensajes de texto. Quizás el Blackberry y el iPhone sean los símbolos de algo poderoso, las nuevas manzanas de un nuevo árbol del conocimiento. “No me casé con mi mujer, me casé con un Blackberry”—me dice un amigo despechado—. Lo mismo dirán otras mujeres de sus hombres pegados a un iPhone. Tal vez debieran juntarse los huérfanos y huérfanas que perdieron a los suyos adentro de estas nuevas redes y redactar una carta cadena rogando que regresen a casa. Come back home! Es que ya no estamos en casa, no tenemos hogar ni domicilio, nuestra dirección es un correo que flota en el inmenso espacio virtual. Y nuestro corazón está saturado de mensajes de texto. ¿Cómo volver, cómo regresar? Alguien me dijo que el cura de su parroquia usa Blackberry, y que confiesa online. Que hay un sitio de la Santa Sede que ofrece prédicas tipo. ¿Será cierto? ¿Y por qué no decir “Dios anda en los Blackberry”, así como Santa Teresa decía “Dios anda en los pucheros”? Algunos han dicho que Google es Dios; otros, más fanáticos, que Steve Jobs es su Dios, manzanita mordida mediante. Ella no suelta su Blackberry ni aunque tiemble la tierra. Ella se desnudó delicadamente, pero él no la vio, porque estaba adentro de su iPhone buscando imágenes de otras mujeres desnudas. El día del terremoto, ella gritó “¡Mi Blackberry está muerto!”, y ahí estaban los suyos, vivos, y no había modo de escapar a su presencia; ella estaba por primera vez condenada a mirarlos a los ojos, a oírlos, a olerlos. Pero ella volvió a su paraíso portátil, reenviando a sus otros “suyos” (los que no están “aquí”) mensajes apócrifos de García Márquez o Borges que circulan en la red, textos melosos que hablan de cómo aprovechar los instantes. Pero ella y él dilapidan esos instantes, Adán y Eva autoexpulsados del único Paraíso real: el del instante vivido. Ella y él están perdiendo a sus amigos, a su esposo, a sus hijos, el color de las hojas de otoño, el placer infinito de un café conversado, ella ya no escucha llover. Ellos se han fugado a otra dimensión donde hombres y mujeres aburridos, dopados por una “nada” común, se extravían en millones de Blackberries y iPhones diseminados por la Tierra, socios de un inmenso club virtual que se reúne las 24 horas del día para matar el tiempo y la vida.