Una profesora hizo la clase más hermosa de toda su vida, en el día del paro, en la sala gris del colegio subvencionado, y no tenía por qué. Pero salió feliz de la escuela, silbando una canción cuya letra había olvidado.El candidato a la Presidencia dejó de hablar por 24 horas, no hizo promesas, y acumuló silencio hasta llenar su mirada de verdad, y perdió tantos votos ese día, que su estratega comunicacional montó en cólera.
El sacerdote se paró en el púlpito y comenzó a confesar toda su honda duda que lo quemaba por dentro y habló de ella como quien habla de lo más sagrado y dejó de predicar en ese tono lastimero y monótono que hacía tan banales las misas de todos los santos días.
El periodista rompió la crónica abyecta que había redactado hace unos minutos y que le significaría unas palmaditas en el hombro de felicitación del editor de turno, y de sus manos salieron titulares inesperados, esperanzadores, noticias que siempre serán noticia. Y ese día el diario se vendió menos, pero el canillita voceó esos titulares como nunca lo había hecho, con una sonrisa que iluminó a los automovilistas iracundos atrapados en el taco.En el otro extremo de la ciudad, una muchacha miró la soga con la que se iba a colgar de la viga más alta de su casa esa tarde, la extendió y salió a jugar a saltar la cuerda con sus vecinas menores que ella en la plaza. Y recordó la niña que había sido.
Los protagonistas del reality abandonaron su lugar de reclusión y decidieron no ser la carne de cañón del circo de todas las noches, los cómplices del plan de anestesia general de la población. Y dijeron: “La realidad está en otra parte”, y la pantalla quedó vacía unos minutos, y el rating bajó y subió vertiginosamente, mientras un locutor de continuidad trataba de explicar lo inexplicable. Alguien apagó por primera vez el televisor después de muchos años, abrió las ventanas y el cielo de la ciudad se derramó en su pieza, y recordó que las estrellas tenían nombre y experimentó un vértigo que la hizo sentir viva.El alemán dueño del fundo no disparó contra el joven mapuche, y el joven mapuche no disparó contra el dueño del fundo, y ambos se miraron las caras en un segundo que parecía eterno, y olía a tierra, a sur, y se oyó el silbato de un tren, y se cruzaron de lado a lado unas palabras en mapudungún y alemán, que sonaron como una lengua común bajo la misma lluvia. Y un funcionario público dejó sobre la mesa la factura falsa sin terminar, sintió vergüenza y se asomó a la ventana y vio a un niño que caminaba peinado a la gomina, con su delantal recién planchado, en dirección al colegio a aprender algo nuevo. Y entonces recordó los viejos sueños, que se le habían gastado, y que se levantaron ante él apuntándolo con el dedo. Y quiso salir a la calle con una bandera a esperar que saliera el arco iris, pero sólo pudo ser militante de su propia noche, la noche oscura que espera al hombre que no se miente a sí mismo.
El dueño de la inmobiliaria, entretanto, el día que había coimeado al jefe de obras del municipio, miró su BlackBerry, y no encontró ningún mensaje y se sintió vacío, asqueado. Y no quiso ir al gimnasio a calmar esa angustia insoportable a la altura del pecho, y no llamó a su amante, ni colocó bajo su lengua la pastilla que le anestesiaba el hastío, y bajó desde el ascensor del edificio inteligente y, en vez de subirse a su cuatro por cuatro, se puso a caminar por las calles de la ciudad como no lo había hecho en años.Y vagó sin rumbo cierto, y se cruzó con muchas caras anónimas (la de un escolar, una profesora, un joven mapuche, un funcionario, una adolescente saltando la cuerda), de las que ya no lo separaban sus vidrios polarizados; escuchó a un canillita vocear un titular increíble, y se sentó en un banco de una plaza pública y silbó una canción pasada de moda, de la que no pudo recordar la letra.
El sacerdote se paró en el púlpito y comenzó a confesar toda su honda duda que lo quemaba por dentro y habló de ella como quien habla de lo más sagrado y dejó de predicar en ese tono lastimero y monótono que hacía tan banales las misas de todos los santos días.
El periodista rompió la crónica abyecta que había redactado hace unos minutos y que le significaría unas palmaditas en el hombro de felicitación del editor de turno, y de sus manos salieron titulares inesperados, esperanzadores, noticias que siempre serán noticia. Y ese día el diario se vendió menos, pero el canillita voceó esos titulares como nunca lo había hecho, con una sonrisa que iluminó a los automovilistas iracundos atrapados en el taco.En el otro extremo de la ciudad, una muchacha miró la soga con la que se iba a colgar de la viga más alta de su casa esa tarde, la extendió y salió a jugar a saltar la cuerda con sus vecinas menores que ella en la plaza. Y recordó la niña que había sido.
Los protagonistas del reality abandonaron su lugar de reclusión y decidieron no ser la carne de cañón del circo de todas las noches, los cómplices del plan de anestesia general de la población. Y dijeron: “La realidad está en otra parte”, y la pantalla quedó vacía unos minutos, y el rating bajó y subió vertiginosamente, mientras un locutor de continuidad trataba de explicar lo inexplicable. Alguien apagó por primera vez el televisor después de muchos años, abrió las ventanas y el cielo de la ciudad se derramó en su pieza, y recordó que las estrellas tenían nombre y experimentó un vértigo que la hizo sentir viva.El alemán dueño del fundo no disparó contra el joven mapuche, y el joven mapuche no disparó contra el dueño del fundo, y ambos se miraron las caras en un segundo que parecía eterno, y olía a tierra, a sur, y se oyó el silbato de un tren, y se cruzaron de lado a lado unas palabras en mapudungún y alemán, que sonaron como una lengua común bajo la misma lluvia. Y un funcionario público dejó sobre la mesa la factura falsa sin terminar, sintió vergüenza y se asomó a la ventana y vio a un niño que caminaba peinado a la gomina, con su delantal recién planchado, en dirección al colegio a aprender algo nuevo. Y entonces recordó los viejos sueños, que se le habían gastado, y que se levantaron ante él apuntándolo con el dedo. Y quiso salir a la calle con una bandera a esperar que saliera el arco iris, pero sólo pudo ser militante de su propia noche, la noche oscura que espera al hombre que no se miente a sí mismo.
El dueño de la inmobiliaria, entretanto, el día que había coimeado al jefe de obras del municipio, miró su BlackBerry, y no encontró ningún mensaje y se sintió vacío, asqueado. Y no quiso ir al gimnasio a calmar esa angustia insoportable a la altura del pecho, y no llamó a su amante, ni colocó bajo su lengua la pastilla que le anestesiaba el hastío, y bajó desde el ascensor del edificio inteligente y, en vez de subirse a su cuatro por cuatro, se puso a caminar por las calles de la ciudad como no lo había hecho en años.Y vagó sin rumbo cierto, y se cruzó con muchas caras anónimas (la de un escolar, una profesora, un joven mapuche, un funcionario, una adolescente saltando la cuerda), de las que ya no lo separaban sus vidrios polarizados; escuchó a un canillita vocear un titular increíble, y se sentó en un banco de una plaza pública y silbó una canción pasada de moda, de la que no pudo recordar la letra.







Un hombre y una mujer traban amistad en torno a la belleza de una niña. Él, acabó en el pasado por accidente con la vida de una menor, y no ha sido capaz de perdonárselo a sí mismo. Ella, fruto de su profunda soledad, espera accidentalmente una hija que no desea tener. Ambos encuentran en el otro la manera de superar sus marcas pretéritas y de recuperar la libertad verdadera que sólo la paz puede otorgar. Se trata de un guión simple, pero a la vez muy bien entramado. Goza de la redondez propia de las bellas narraciones, a la vez que trata sobre temas importantes y poco frecuentes en el cine, tales como el aborto y la adopción. Película fuerte, pero muy recomendable.







Una realidad cada vez menos lejana a la nuestra. Un mundo en el que la humanidad se divide entre los genéticamente superiores y los que no lo son. ¿Qué motivo podrían tener unos padres el día de mañana para preferir tener un hijo defectuoso o con riesgos de enfermedad, si la ciencia le ofrece proveer un producto "perfecto"? Vincent y Anton son hermanos, el primero nacido sin intervención científica, mientras el segundo con ella. Pese a todo, Vincent será capaz de llegar más lejos gracias a la perseverancia. Una mujer se enamorará de él, aún desconociendo su verdadera identidad. Por otro lado, el hombre gracias al cual Vincent logra su objetivo, acabará con su propia vida por el hecho de no poder gozar de los privilegios de su genética óptima. Todo en la película lleva a preguntarse por la raíz de la verdadera identidad humana y por la posibilidad de permanecer incólume en medio de un mundo donde la felicidad es definida en términos físicos y de eficiencia. Muy recomendable, por las ideas que están en juego más que como buen cine.
Éste es un relato hecho de contrastes. Dos realidades toscas y oscuras a cada extremo, y en el medio de ellas: la luz diáfana de una niñita de tres años. Por un lado, un pobre viejo de buen corazón, unido a una mujer cuya mayor amargura radica en no tener hijos. Por el otro, los padres de la pequeña, en medio del ambiente sórdido y enrarecido de su propia cama. La niña y el viejo se hacen amigos, unidos por sus soledades. El temor al peligro que corre la pequeña, permanentemente expuesta al mundo grande e insondable, y la ternura de una amistad tan desigual y legítima, conmoverán al lector de esta breve historia. Muy recomendable.
Guy encuentra en un tren casualmente a Bruno, quien por propia iniciativa y en nombre de un supuesto pacto hará realidad el oculto deseo de matar a su ex mujer. La presencia persecutoria de Bruno representa para Guy el peligro de que sus deseos más secretos aparezcan ante los demás y de que alguna huella suya sea encontrada finalmente en la escena del crimen. Gran film de suspenso (tal vez mejor logrado en su primera parte que en la segunda), donde el terror y lo grotesco se presentan en la simultaneidad de contrarios, tales como el ambiente divertido de un parque de diversiones donde ocurre el asesinato, o la misma imagen de la víctima cuya belleza hace contraste con unos toscos anteojos, y sobre todo con una vulgar y odiosa manera de ser. Basada en la novela de Patricia Highsmith. Muy recomendable.